La Era Digital

El último número de Vogue Italia, de alguna manera, vuelve a hurgar en la herida. Está dedicado a la era digital, al efecto que ha tenido Internet en el mundo de la moda -y en el cosmos en general- y a la estética surgida entre las redes sociales y el mundo de los fotologs. La verdad es que a medida que nos acercamos al 2010 y cuanto más intentamos resumir lo que ha sido la primera década del siglo XXI, más tenemos que profundizar en el fenómeno Internet. No sólo en los blogs de streetstyle y en la opinión de blogeros afamados -o no- y con más suerte que pericia -o no- sino en esa nueva estética, en esa nueva moda, en esa tendencia y en ese universo digital que nace y recorre nuestro siglo.

La idea de Steven Meisel me ha traído a la cabeza aquella sentencia de Ortega y Gasset que decía que “cada generación quiere dejar su impronta en la historia”. Y, lo cierto, es que ésta forma de ser alguien en el medio online es muy adecuada. Mis dulces teens y mis no tan teens se encuentran diseminados en Internet bajo etiquetas muy diversas, ya sean Emos o miembros de la generación 2.0 pero todos unidos por la seña de identidad de la red.

Quizás la cuestión sea cómo dejar esa impronta, y en manos de quién cae, pero yo soy una fan del fenómeno Internet porque es el heredero legítimo de la era Acuario y porque ¿y por qué no? La cosa es que ésta es la dicotomía que plantea Meisel en Vogue Italia, realidad contra digitalización.


Internet nos ha servido a todos para convertirnos voyeurs aficionados o pluriempleados y en adorantes o adorados o todo al mismo tiempo. Ha servido para expandir nuestra intimidad y para reducirla. Ha cambiado nuestra forma de mirar, de actuar y de hablar y nos ha esclavizado a ir a todos los sitios con cámara en mano para inmortalizar cualquier instante vago. El engendro de Vattimo y la postmodernidad se han cebado con Internet, lógicamente claro, pero esto ni bueno ni malo, simplemente “es” que, ya es bastante.

De alguna forma, hemos enfrentado la realidad a la “ficción?” . Internet ha dado voz y voto a los sin nombre y ha covnertido a los elegidos en cuasi dioses de una generación que se muere por glorias con fecha de caducidad. También ha ampliado los límites de la realidad y ha creado extrañas sinergias siderales y culturales. Anna Wintour -se dice, se comenta- ha prohibido hablar de blogs en Vogue USA edición impresa -la Biblia de la moda, al caso- (tampoco hay que sorprenderse porque la señora -La Señora- dijo que era mejor que nadie la saludase porque perdía tiempo) pero al mismo tiempo crea humanoides con el photoshop. Si es que… le dijo la sartén al cazo, quítate que me tiznas.


Otra cosa que ha dado Internet es el sentido de la decencia y el de la intimidad. O mejor dicho el de la no decencia y el de la no intimidad. Fotos semidesnudos, fotos como una cuba, fotos drogados, fotos ¿?, fotos sonrojantes, fotos desvergonzadas… hay que tener en cuenta que hemos creados y que pertencemos a una generación en la que no importa salir de fiesta, no importa pasárselo bien, no importa nada a menos que sea inmortalizado y subido a la red. Es algo así como el “irse el último aunque te estés congelando y aburriendo y echando de menos la cama” versión 2.0…


La estética de Internet -flogs y Tuenti.com- se resume en algo así como una despreocupada vida social íntima al alcanze de todo el mundo. Se inmortaliza todo y en cualquier momento y las fotos se retocan un poco para parecer diosas y dioses. Es curioso lo reducida que queda la vida en Tuenti, -zonas de “marcha”, intereses, ¿qué busco? y ¿qué estudio?- más un estado y una galería de fotos. Ay… y lo peor es que cubre todos los aspectos del humano medio más que de sobra.

El fenómeno Twitter -aka barra de bar digital- no tiene tanto calado como Tuenti o fotolog pero también tiene su aquel. Es más inmediato, más payaso, más dinámico y menos comprometedor porque ni se abochorna uno por las imágenes ni los comentarios son demasiado penosos.
En cuanto a la estética fotolog -foto en espejo con cámara con flash- y sus derivaciones moderneras y teens -eternal teen- poco más hay qué decir salvo que tiene, en buena parte, culpa o responsabilidad de la moda del street style y de los ídolos del acné fever.

En cuanto al street style, más refinada y más dandy -y más sesuda- uno no sabe qué decir. Gaultier que decía que se inspiraba en la calle y los coolhunter posteriormente entre el fin de los 90 y los primeros años del 2000 sacudió el mundo de la moda el hecho de que la alta moda se inspirase en los que la consumían. De repente se llevaban las lolitas japonesas y al año siguiente las góticas con maquillaje psicodélico. Y Marc Jacobs y Karl Lagerfeld se tenían que aguantar porque The NY Times vio a Scott Schuman y decidió que este era el futuro.

De hecho la primera plana de las fashion weeks se desvive -y desvivía- por salir en foto y, a ser posible, tener luego un par de fans. Eso sí, las voguettes todas ellas están convencidas de que Balmain es tener personalidad. Oui, madame. La gente también está convencida de que The Sartorialist es un mésías y, si bien en cierta forma lo es, también no lo es de manera rotunda. Son sólamente otros quince microsegundos de fama en Internet…
Pero, quitando todo eso y yendo directamente a la esencia del asunto; ¿qué podemos esperar de nosotros mismos? ¿Seguiremos corriendo sin avanzar?, ¿Amando sin confesar?, ¿Siendo sin aparentar? O alguna vez lo dejaremos de hacer…..

O es que Internet nos gusta tanto porqué nos permite ver segmentos de la vida que querríamos tener y olvidar los segmentos que nos molestan. ¿Podemos considerar nuestros movimientos online como el colador de nuestra experiencia real? ¿Es el método de selección de fotos -buena se sube, mala no se sube- como el de nuestros recuerdos?. ¿Debemos pues quemar periódicos viejos y enterrar a nuestras abuelas?


Y quién sabe… No sabemos si la editorial es buena pero da qué pensar y eso siempre es bueno ¿no? Digo yo…

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