El Lujo

El lujo…
El lujo es uno de los deseos más profundamente arraigados en la naturaleza humana que recorren las más viejas historias, culturas y tradiciones.
En Grecia, el lujo estaba asociado en cierta forma a la decadencia que había acabado con la era minoica y micénica por lo que se graduó su nivel de presencia en la vida de la aristocracia griega tras el código de leyes entregado por Solón a sus conciudadanos. El lujo en los griegos estaba unido al despilfarro de forma inherente, hay que entender que la propiedad era eminentemente caduca y las demostraciones de esplendor se asemejaban a las de poder y se hacían en bodas y funerales. El lujo griego estaba asimilado a las joyas, la púrpura -los mejores mantos se hacían en Asia Menor- y los fastuosos banquetes y cortes de esclavos. Pero también estaba unido a un problema social que encontraba sus raíces en la época arcaica con la shame culture y la crítica al mundo mítico. El lujo había que regularlo. Esto chocaba en cierta forma con el concepto de arte de vivir griego, en cierta forma muy duro y al mismo tiempo muy bucólico, y con el Sibaritismo -término dado por los griegos al mundo que permite imaginar cómo era el estilo de vida que seguía cierta parte del mundo griego- y el hedonismo más sádico o más tranquilo que se vivía en las polis griegas.
Al mismo tiempo que en Grecia había que regular el lujo, la Grecia de las 150 polis encabezadas por Atenas, me refiero. Esa Grecia en la que sus griegos no hubieran sabido que lo eran pues Grecia -tal y como nosotros pensamos- es una cosa muy difuminada en esta época -y posteriormente- también tenía su referente completamente desmedido en cuanto al lujo en la parte más oriental, más proclive al hedonismo por sus contactos con Asia y su modo de vida más… decadente por decirlo de alguna forma. Si en Grecia el cambio de la aristocracia por los hoplitas precipitó el ascenso de los tiranos, y el acabar con ellos o regular el sistema dio los primeros ejemplos de democracia -que no se llamaría así hasta el 460 a.C- y con ella la regulación del lujo, en la parte más oriental, la de los primeros filósofos, la de los primeros astrónomos y la de las colonias de la mirra y el incienso entremezclados con coral, nácar y marfil; el lujo era casi una obligación. Los nobles derrochaban. Para algo era nobles, -aunque la Princesa Letizia se empeñe en hacer de sus vestidos una versión 2.0, 3.0 o 4.0 sin entender que no es propio de su condición por mucho que no discurra sangre azul en sus venas- …, en Oriente, esto no se había producido y el lujo se encontraba en todos lados. Los testimonios son arqueológicos pero se conoce la espléndida vida y las delicias que -como siempre, claro- los ricos llevaban. El lujo en Oriente no sólo no estaba censurado sino que era sacrificado a los dioses. Se consideraba el lujo una dádiva divina de la que disfrutaban los mortales y, ¿quién lanza piedras a lo bendecido por los dioses?

En la otra cara de la moneda, como siempre, Esparta. Esparta no vivió la misma historia que Oriente o que Atenas -y las polis dependientes de Atenas o relacionadas con ella en hermandad- sino un desarrollo completamente diferente. Si los hoplitas supusieron la venida de la democracia, también acabó la aristocracia pues los campesinos formaban parte de las filas del ejército y, por ende, ya no se hallaban sometidos a la nobleza para que les defendiera. En Esparta esto no triunfó. Esparta era una nación de armas en la que los débiles eran arrojados fuera de la ciudad, donde las mujeres practicaban deporte desnudas para tener hijos fuertes -las espartanas hablan porque son las únicas que paren hombres- y donde la guerra no era una cuestión que surgía de vez en cuando sino para la que el Estado se preparaba en todo momento. Su ejército no eran hoplitas campesinos con armas que combatían en la guerra, sino jóvenes altamente preparados que abandonaban el hogar a los siete años para someterse a una educación… espartana. Los mejores, a los veinte o treinta años, se casaban y antes eran sometidos a una dura selección de donde salían los 300 caballeros -tan célebres trescientos combatientes en las Termópilas contra Jerjes y con Leónidas a la cabeza (en realidad 298 en esta batalla concretamente)- que defenderían Esparta.

La vida en Esparta no tenía ni lujos ni dispendios sino que estaba sometida a una dura, muy dura, disciplina militar donde el orden, el valor y el honor eran los valores preeminentes, olvidandose completamente del lujo. El lujo en Esparta se puede entender como coraje, triunfo y valores morales pero nunca como posesiones o como fastuosas celebraciones. Esto es Esparta, amigos, a fuego y muerte. La vida de Esparta no era resignada, nada de piedad cristiana, sino exigente. Si bien es cierto que fuera de Esparta no se entendía, todo el mundo helénico -incluso el mundo panhelénico- apreciaba esos valores -aunque no los siguiera, ni siquiera los predicase- tanto que incluso Adriano, en un viaje a Esparta, alabó y cantó las eminencias de una tierra como Esparta.

En Esparta nada era democrático. El honor, podríamos entenderlo como el lujo en otro sentido, era algo a conseguir y que se podía perder. De hecho, el suicidio era la salida más común a los que fracasaban en la batalla. Y el “lujo” tampoco. La sangre importaba pero más porque tu vida depende de tu compañero que por segregación social. A pesar de ello, lo espartano estaba democratizado. Una dieta muy estricta, un entrenamiento muy duro y un modo de vida austero. Que no tenía nada que ver con la piedad religiosa sino con una nación entregada a la guerra. Como pasa siempre con la moderación y el temple de las pasiones, es admirado por los extranjeros pero al mismo tiempo, es tomado como un signo arcaico. Esparta finiquitó quizás por su excesiva rigidez… y por la hermosa historia de los tiranicidas que explica cómo el valor ateniense se puso de moda con el auge de la época clásica y la llegada de Fidias y de Pericles y la democracia, la democracia ah la democracia….

Con esto, volvemos otra vez al mundo helénico, a su epicentro, a Atenas y, por tanto, al corazón de la Hélade. El lujo… envuelve el ambiente. Bajo el telón del cielo azul de Atenas se alza, imponente y sobrecogedora, la Acrópolis. La arquitectura adintelada posa sus mármoles sobre la tierra árida y escarpada de la colina de Atenas, Fidias deambula por allí -haciendo caso a Pericles, a la mujer de Pericles o al hijo de Pericles más bien- trazando su maravillosa obra en la que inmortaliza a todos los atenienses, sin reducir a esquemas, en el friso de las Panateneas donde entrega el pueblo el manto a la diosa Atenea. A la virgen Atenea que regaló un olivo a la ciudad compitiendo con Poseidón. A la divinidad que dio nombre y espíritu, la guerra inteligente, la prudencia, la astucia, salida de la cabeza del Padre y de la mente de la inteligencia. Fidias será expulsado de Atenas posteriormente, por un problema con el lujo -una estatua crisoelefantina- y de alguna forma, aunque las acusaciones son falsas, se ve que el lujo lleva a la decadencia, esa idea que estaba al principio tan imbuida en el Ática y que decae con la llegada de los tiranos procedentes de Asia…

Pero lo importante de la Grecia clásica es cómo pasa del dórico, varonil, austero, del ideal dorio de la vida moderada, las pasiones templadas y el auriga arriba del carro con la fusta dando, a un nuevo ideal -que no llega todavia a las hojas de acanto entremezcladas en los capiteles- al jónico en un alarde de cambio de sentimiento que destierra la áspera, espartana, espigada masculinidad por la redondeada, turgente, cálida, fértil femineidad de la misma forma que el espigado y varonil apoxiómenos con cuerpo de atleta y sin amaneramientos es desterrado por las caderas fértiles y los pechos redondos de Venus. Y, en esto como en todo, piensa uno ¿tiene el lujo algo que ver con el sexo?

Las culturas eminentemente masculinas como Esparta encuentran en la rectitud, en la soberbia elegancia del junco su cánon. Geometría, orden, armonía, disciplina, rectitud, tersura, espigado encanto, refinamiento y… medida contención espartana, mucha prudencia que es el valor de Atenea que, si dea, es más deus. Mientras que las culturas femeninas, no porque las veneren ni porque sean ginecocracias sino porque aprecian su belleza sobre la masculina, se consumen en el lujo.


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