Hombres Con Un Cánon

Pensaba yo en los modistos que hacen de su ideal de mujer la imagen de su marca.

Que, en cierta forma, se plagian a ellos mismo trasladando el papel de su fetiche de sueños a la vida real. Ya sean diosas, cosmopolitas chics, femme fatales, jovencitas bucólicas, princesas torturadas o delicadas hijas de cisnes. Pensaba yo en ese concepto un tanto pigmalionesco que entrona a la creación como un objeto y, al mismo tiempo, la da siempre un hálito de lo divino, de lo creado.

Cuenta la Sagrada Escritura -la Biblia para el que lo prefiera- que el hombre volverá al polvo pues de él fue creado. Se nos establece, pues, una especie de reclamo a la tierra de la que procedemos. Pues de barro fuimos moldeados. Lo nuestro es creación y creado al mismo tiempo porque con esa misma esencia -la nada más vertiginosa- creamos lo que nos imaginamos, lo que soñamos. Eso de que Dios piensa de los hombres lo que los hombres piensan que Dios piensa de ellos…

John Galliano crea pesadillas y sueños en la pasarela sacados de otras épocas donde las mujeres son piratas, bucaneras, putas inglesas, principesas, vampiresas, damas de cine, mafiosas, ricachonas exageradas e histriónicas que usan mucho pintalabios. McQueen destapa el bestiario de Alejandro Magno, como si fuera un Maestro Mateo y su catwlak fuera el Pórtico de la Gloria, y saca un zoológico, una depresión como motivación, una extenuación, una antigualla, un futuro no muy lejano, un Londres gótico, un animalario sacado de una selva tropical, un espantapájaros, unas princesas sobrias, unas niñas histriónicas. Miuccia Prada alaba el preciosismo del patito feo, de Dickens y de lo actual pero cubierto con una pátina de polvo. Giorgio Armani se saca a sus mujeres de la contemporaneidad descontextualizada y las coloca en cócteles, en embajadas, en lugares muy sibaritas envueltas de negro y de gasa y con media sonrisa entre pícara, tierna y malvada. Valentino pinta a España en tela con italianas pasionales que se desangran en medio de la nieve blanca, blanca como el marfil y que viven y mueren y sienten y penan y lloran. Dior contoneaba a sus mujeres en la barra del bar de un cinco estrellas parisino, como starlettes, con muchas curvas y con los labios rojos para despertar la imaginación -avive el ses(x)o y despierte- hechas nacer entre jardines en flor o, Versace con sus glamoamazonas imponentes, nórdicas, altivas, decadentes, de hielo, vanidosas, imponentes.

Y uno se pregunta, si Leonardo Da Vinci nunca quiso separarse de su dama perfecta material o Miguel Angel no pudo dejar de contemplar su Moisés, cómo va a poder un hombre -corriente o no- y eran materia, al fin y al cabo…

¿podrá triunfar el espíritu si uno tiene que deshacerse de un sueño?

Y es que las musas siempre son musas. Y los sueños, sueños son…

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