TECNOLOGÍA PUNTA

De hecho, me llevé incluso una pequeña decepción al ver aparecer por mi recibidor a aquel jovencito tostado por el sol y de sonrisa profident, más que nada porque creo que, después de todas las veces que he llamado, deberían ponerme un técnico de cabecera y no andar cambiándome de hombre así, al chou, constantemente. Hombre, es que tanta variedad me desconcierta.
Mi problema es que mi wifi no funciona. Bueno, no es que no funcione. Es que funciona un rato sí, un rato no, como el Guadiana, y me deja colgada cuando menos me lo espero. Antes de contratar el wifi no había tenido jamás problemas de conexión, pero desde que Mac entró en mi vida en forma de portatil, se imponía cambiar nuestra antediluviana conexión por cable por una moderna conexión inalámbrica, así que contratamos el wifi.
Un técnico muy majo vino a casa, nos cambio el router y nos dio una clave… y ahí empezaron nuestros problemas. Había días en que podías conectarte tranquilamente, sin problemas… y otros en los que el Google tardaba tanto en cargar que sencillamente se acababa la batería del portátil antes de que pudiese consultar el estado de mis cuentas.
Empezó entonces un calvario de llamadas al servicio de asistencia de R… vino un nuevo técnico, cambio de nuevo el router, y cuando se fue la conexión iba a las mil maravillas, pero media hora más tarde el problema había regresado, y con él mi cabreo.
Cada vez que llamaba, una amable chica me aseguraba que en su pantalla no aparecía error alguno… pero el caso es que en la mia lo que no aparecía era el Google… vamos, que seguía sin poder conectarme. Nadie era capaz de encontrar el fallo, y no porque fuese muy difícil… sino por el simple hecho de que, en cuanto algo similar a un técnico asomaba por la puerta, la conexión decidia reestablecerse sin problema alguno por su cuenta y riesgo, dejándome en ridículo y de nuevo aislada del Word wide web en cuanto el experto abandonaba mi hogar.
Este tipo de sucesos paranormales han terminado por convertirse en una constante en mi vida.
No sé a vosotros, pero a mi, el 90% de los aparatos electrónicos me odian. Los ordenadores, las impresoras, los teléfonos… incluso las cafeteras o los hornos. Todo aquello de ser susceptible de estropearse se estropea si yo estoy cerca… y se arregla automáticamente en cuanto llamo a un técnico antes de que este pueda siquiera tocarlos.
Esta manía de los aparatos electrónicos por tocarme los bemoles me tiene ya tan harta que el otro día, comentándolo con unos amigos, me sentí extrañamente feliz al comprobar que no soy el único ser humano al que la tecnología putea. Entre mis allegados hay quien se ha pegado con impresoras, televisores y lavavajillas sin resultado alguno, para que, acto seguido, y ante la presencia de un técnico, el aparatejo en cuestión funcionase a las mil maravillas.
Y yo, en mi infinita estupidez tecnológica, me pregunto, ¿será a caso que los aparatos y los técnicos está compinchados para fastidiarnos? ¿o será que, al presentir la presencia de alguien capacitado para destriparlos, los aparatejos vuelven milagrosamente a la vida? ¿sentirán los portátiles terror a los técnicos, o es sencillamente que soy una analfabeta tecnológica?
Estas dudas me corroen desde hace años. Sólo son comparables a esas sensación extraña que se te queda en el cuerpo cuando, después de buscar desesperadamente ESA camiseta que sabes que dejaste sobre la cama antes de entrar el la ducha, llamas a tu pareja y él, sencillamente alarga la mano y la coge. Estaba allí, al parecer, pero debió haberse escondido mientras la buscabas hasta dentro del pijama, para gastarte una broma, supongo.
Los únicos seres comparables a los técnicos de mantenimiento en cuanto a capacidad de acojones de aparatos domésticos variados son las madres… o un amigo informático, en su defecto.
Todavía recuerdo con inquietud un tarde de martes de hace unos 7 años. Me había roto la rodilla en una estúpida caída en el Paseo Martímo y llevaba unos días sin poder salir de casa, aburrida y atada a unas muletas. En una de esas tardes de agonía solitaria, había decidido poner un vídeo. Al terminar de ver la película, pulsé eject para guardarla… pero no pasó nada. Repetí la operación tantas veces que desgasté el botón, y, por supuesto, apagué y encendí de nuevo, una operación completamente inútil pero que siempre, invariablemente, repetimos cuando un aparato se niega a obedecer.
El caso es que aquella tarde estaba aburrida en el salón cuando me llamó un compañero del trabajo, un buen amigo que además es técnico de mantenimiento. Me preguntaba si quería compañía aquella tarde… y evidentemente dije que sí.
Cuando llegó traía un par de paks de cervezas y un película.
“Qué bien” dije “Aunque la peli tendremos que dejarla para otro momento, porque el video se ha atascado”
Me fui a la cocina a por unos vasos, y al volver, Luis tenía en sus manos mi cinta y en su cara una graciosa sonrisilla de satisfación.
“Vaya!! Cómo lo has conseguido?” pregunté extrañada, asombrada y agradecida a partes iguales
“Pues pulsado eject” dijo él mientras alargaba sus manos para coger el vaso de cerveza.
Pues bien, la historia es cíclica y aquí estamos de nuevo, mi necedad informática y yo. En estos momentos la conexión va como una bala, después de que mi técnico brasileiro hiciese… pues nada, nada de nada, porque no encontró error alguno en el sistema, ni en mi router, ni en ningún lado. Pero yo, que soy más listas que los bits, sé que los problemas regresarán, y cuando regresen, esta vez no llamaré a ningún especialista. Me estoy planteando seriamente exorcizar la conexión. Seguro que con eso la acojono para siempre.
SUENA EN MI I-POD: “Blue Hotel”, de Chris Isaac, una voz inconfundible con unos ojos completamente sobrehumanos… como mi conexión Internet.
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- Date:
- 01.11.10 / 8am
- Category:
- blogs de moda

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