Edad Suficiente

El que dijo que para llevar Chanel había que ser suficienteme mayor no sabe lo que vale un peine. Chanel ha cambiado, lleva cambiando tanto tiempo que todo el mundo tiene que ser joven para llevarlo. O tener alma joven que, al fin y al cabo, es lo mismo.

Pero lo cierto es que no hay que tener edad suficiente ni carisma suficiente. Sólo hay que tener dinero suficiente. Y bastante valor.


Aunque también hay que ser suficientemente chic.

Coco Chanel fue una de las mujeres más elegantes del mundo por sus actitudes censurables, fumaba como un camionero, llevaba sombreros raros a todas luces al final de su vida, vestía trajes con cadenas en el bajo para que pesasen -ingenio- y se ponía demasiado carmín.


En su juventud pecaba de irreverente. Sustraía ropa interior a sus amantes y la convertía en vestidos. Caminaba por las caballerizas con un canotier discreto cogido con una agujilla y la rodeaba un halo de demasiada respetabilidad. Se vestía como un señorito, se recogía el pelo cuando no tocaba y se lo soltaba cuando tampoco. Tomaba el sol en el País Vasco con chapela. No llevaba medias y se ponía demasiado perfume.


En su madurez, cayó en las garras del negro. De las esposas como pulseras. De las joyas que eran grilletes. De las perlas falsas -provocadora- en vez de auténticas. De las gorras de capitán y las prendas de punto con faldas a la rodilla. De disfraces de arlequín y amores lésbicos. De amores censurados y censurables y de dama con complejo de Mata Hari. Y, ya se sabe que los acomplejados de Mata Hari suelen acabar mal.


Karl Lagerfeld propone irreverencias. Góticas empolvadas, japonesas sacadas de las pesadillas de un imaginario colectivo, ratoncitas de la factoría pop y una mezcla de colores sacadas de un Versalles decadente donde el brillo del rey sol es cegador y la sangre rueda a borbotones mientras los invitados ven el charco en el suelo por el espejo.


Ciertamente tienen algo de trágicas y de cómicas como casi todas las situaciones. Algo de rosas de pitiminí y de mandrágoras. Pero en eso consiste la atracción, ¿no?. En que sea fatal…

Y, al final, volvemos a lo mismo.
¿Es todo cuestión de actitud?


Me permito recordar lo que todo el mundo sabe. En Versalles, los reyes decadentes de Francia, los que pusieron musas de mármol en su jardín -¿qué pasiones pretendes avivar con fría piedra?- fueron los inventores de las etiquetas. Que se vea que es de fiesta.


Porque hay que poner de nuestra parte pero cuando las cosas tienen cuatro ceros, más las vale tener nombre…


Porque actitud también ponía el emperador con su traje nuevo pero…

¿aunque se vista de seda, mona se queda?
Oh, la la

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