LA MADUREZ DE PETER PAN

Juventud, divino tesoro, te vas para no volver, decía el el gran poeta Rubén Darío… pero… ¿cuándo se marcha de verdad la juventud?

Y no hablo de juventud de espíritu, ni de juventud física. Hablo de juventud en el sentido sociológico de la expresión.

En un mes cumpliré 31, una edad que ahora se me antoja perfecta, pero que cuando tenía 13 años, me parecía la vejez extrema. Y es que las cosas han cambiado mucho en los últimos quince años. Tanto, que hay quien dice que los actuales treintañeros somos eternos Peter Pan atrapados en una post-adolescencia jalonada de sueldos mileuristas e independencia paterna que no hacen más que prolongar este estado.

Pero… ¿Es esto estrictamente cierto? ¿Nos negamos a crecer, a asumir responsabilidades? ¿Posponemos eternamente la madurez, o sencillamente hemos logrado darle nuevo sentido y mejores connotaciones al término?

Lo que resulta innegable es que la vida de los treintañeros sí ha cambiado. De eso no hay duda. Mi madre tenía 24 años cuando me parió. Tenía un matrimonio sólido, un puesto fijo, una hipoteca abarcable y un coche de segunda mano. Su vida social se reducía a comidas familiares, paseos por el parque, y una salida con los amigos muy de tarde en tarde.

Yo, con 24 estaba enfrentándome a mi primer contrato en precario, no tenía pareja estable, todavía vivía en casa de mis padres por que sueldo (300 euros al mes) no me daba para un alquiler, ni te cuento para una hipoteca, pedía prestado el coche a mi padre cuando me era imprescindible y salía de lunes a domingo, aunque sólo fuese a tomar unas cañas al salir del trabajo.

Con 31, mi madre tenía dos hijas y el proyecto de tener más niños, la hipoteca prorrogada para poder comprar el segundo coche y reformar la casa, dos ascensos a sus espaldas y una vida social todavía más exigua.

Mi vida de hoy sólo difiere de la de los 24 en un par de puntos: sí tengo pareja estable y sí me he independizado completamente, gracias a un puesto de trabajo menos precario que me permite afrontar, no sólo un alquiler, sino un ritmo de vida social igual de elevado que entonces. Ni rastro de hijos, ni rastro de calma social, ni rastro de vida tranquila.

Más o menos lo mismo puedo afirmar de los treintañeros que me rodean, incluso de aquellos que sí han optado por la paternidad. El pasado sábado salí a cenar con unas amigas, y terminamos tomando unas copas. Varios son padres, otros están a punto de serlo. Y estas cenas y salidas nocturnas las repetimos con mucha frecuencia.

Y no somos los únicos. Anoche, en la cervecería que flanquea el Teatro Rosalía, donde Felix Arias y Silvia Penide daban un concierto solidario a favor de Haiti, los treintañeros éramos mayoría aplastante. Decenas de nosotros nos agolpábamos en la barra a la salida de las oficinas dispuestos a tomar una caña en compañía de unos amigos y disfrutar de esa independencia económica y social que nos permite nuestra vida laboral. Algo mucho menos común hace quince años, cuando este tipo de reuniones eran escasas, y casi exclusivamente masculinas. De acuerdo que la emancipación económica hace mucho, de acuerdo también que retrasamos la paternidad, lo que nos permite mayor y mejor tiempo libre para nosotros mismos, pero, ¿son estas las únicas causas de que nuestra juventud se prolongue hasta bien entrados los cuarenta?

Hace unos años los sociólogos acuñaron un nuevo término para este tipo de “nuevos jóvenes”, treintañeros emancipados que gastan la mayor parte de su tiempo y su dinero en ellos mismos, sin a penas cambiar sus hábitos sociales post-adolescentes, pese a haber asumido nuevas responsabilidades laborales e incluso personales. Sin embargo, y pese a haber etiquetado el concepto, ni si quiera ellos han sido capaces de establecer si esta nueva situación social se ciñe a un cambio de roles, o responde a una nueva realidad: la juventud es cada vez más eterna.

Al parecer, y según expone Manuel Martín Serrano, sociólogo y periodista (que además fue profesor mío en la facultad… algún día os contaré lo de los cucullos…), la propia sociedad ha creado un nuevo compartimento no necesariamente estanco. Hasta hace bien poco, uno dejaba la adolescencia para pasar al mundo adulto de golpe y porrazo, a base de puteo laboral (llamado aprendizaje o becario). Pero este puteo profesional estaba más o menos bien pagado. El coste de la vida era menor, por lo que, en cuanto se encontraba un trabajo, uno de independizaba. Pero a día de hoy, pasan años hasta que un trabajo te permite independencia. En esos años que transcurren entre la salida de la adolescencia y la entrada en las responsabilidades adultas, se forja una nueva identidad, la de quien no ha tenido opción a disfrutar de su verdadero “yo” durante sus primeros años laborales, porque económicamente no le era posible. Y ese nuevo “yo” decide recuperar el tiempo una vez que alcanza ese punto.

Factible, sí, pero… vayamos más allá.

Las mujeres- el campo que, evidentemente, mejor conozco- de 30 años no somos ahora como éramos hace 15 años. Madres o no, trabajadoras en casa o fuera de ella, nos hemos vuelto a mirar al espejo que dejamos de contemplar hace años. Nos cuidamos más, nos consentimos más, nos disfrutamos más… y lo asumimos y reivindicamos con la mayor de las naturalidades.

Una amiga me decía el otro día que “estamos mejor ahora que a los 20, porque estamos más pulidas”… y tiene razón, al menos en parte. A los 20 estaba más delgada, más tersa y más fibrosa. Mi piel relucía de salud y me quedaba todo por probar… pero miles de complejos me asediaban, y no ha sido hasta hace bien poco que he aprendido a perdonármelos. Por eso ahora, a mis treinta y casi uno, me veo mejor, aunque no lo esté. He sustituido esa naturalidad acomplejada por buena cosmética y manicuras sin remordimientos ni dolores de vergüenza. No pienso pedir perdón por querer disfrutar de mi misma, de mi cuerpo, de mi dinero y de mi vida como a mi me de la gana, y eso, claro, se transmite.

Pero pese a todo este ejercicio de autoafirmación –soy joven, soy joven… ahora se vive hasta los 90, ergo con 30 estoy empezando a vivir-, me preocupaba sobremanera la pregunta que rondaba mi cabecita pasada por la peluquería y las mechas que dejaron atrás el fosco pelo veinteañero… ¿no será esta “nueva juventud” un invento para volvernos eternos Niños Perdidos? ¿O de verdad soy una adulta que ha decidido vivir su vida como quiere? ¿Escapamos de las responsabilidades que socialmente se han considerado adultas, o las cambiamos porque podemos, porque queremos, consciente y responsablemente? ¿Es necesario ser “como tu madre” para ser adulta, o basta con asumir la responsabilidad de tu propia vida?

Daba vueltas a todo esto mientras felicitaba el cumpleaños a la primera de nosotras que ha cumplido los “taytantos”, y he decidido darme una respuesta sincera. Una respuesta de aceptación. No soy joven. No, al menos, en el sentido “peterpanesco” de la expresión. He asumido responsabilidades buscadas, y otras llegadas sin intención, pero no por ello asumiré un rol que me es impuesto y ajeno a partes iguales. Soy una mujer de 30 años que vive la vida que quiere, como quiere, con quien quiere. Me he perdonado, he aprendido a quererme, y consecuentemente he aprendido a perdonar y querer. No voy a asumir roles ni esperanzas de otros, porque no son mías… y creo que eso es un síntoma inequívoco de madurez.


SUENA EN MI I-POD: La magnífica, brillante, alucinante, extasiante… la inmejorable versión que Cake grabó del clásico de la diva Gloria Gaynor, “I will survive”, un temazo en toda regla que me sirve para dedicar este post a quien más se lo merece, a todas esas pedazo de hembras que me acompañan en este camino a la madurez. En especial, claro, a Mercedes y VaneFELICES 31, CHICAS.


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