Nueva Era

Nicolas Ghesquiére comentó que lo que se trataba al hacer una colección era de crear y sorprender. Futurizar podríamos decir pero con un sello personal. Futurizar en Balenciaga parece ser fácil -como todo, del dicho al hecho hay un trecho- porque Balenciaga ya era un visionario. Un maestro del saber hacer conjugado con la maestría más absoluta, un aire palaciego y exclusivo y, sobre todo, cargado de lujo, de algo de extravagancia y con un punto de locura pero al mismo tiempo sobrio, regio y extraordinario.

Pero para Ghesquiére el concepto de futurizar se inclina menos en la parte visionaria y más en la futurista. Corta al láser la ropa, convierte en hoodies a las cortesanas del Petit Trianon y crea delirios voluminosos que lo mismo salen de un jardín en flor que de una amazona interestelar. Ghesquiére delira sobre el futuro, se imagina a hermosas ninfas asépticas sobre estanques con puentes de acero, titanio y un mundo inmaculado, pulcro y sofisticado.

Con la colección ocurre como con todos los delirios futuribles, son extraños. Ahora las híbridas humanas que pasean su ropa 7.0 parecen incomprensiblemente ingenuas. ¿Androginia, obsesión por lo depurado, lo perfecto, lo artificial?

En el mundo del futuro de Balenciaga nadie parece muy ardiente, pasional, febril o socavado por su vida diaria. Todo parece fácil aunque con algunos trámites. A mi me da la sensación del que está en una burbuja, en un mundo prístimamente pulcro pero jerarquizado y burocratizado en el que todo ocurre porque debe ocurrir y nada es espontáneo. ¿Prefabricado?

Sí, creo que esa exactamente es la palabra. Artificial. Comida sin sabores. Placeres sin tensiones. Excesos sin excesos. Humanos sin motivaciones. Libertades sin riesgos.

¿Belleza?
En los pequeños detalles.

Porque siempre hay algo hermoso. De la misma forma que la orquídea crece entre la basura.

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