Historia Blanca


Las mujeres cambian desde el prisma desde el que se miren. Suelen ser cajas de secretos pero cambian su exterior aunque su secreto sea el mismo. Para algunos, la caja es mera estética provocadora, para otros es erotismo delicado y para otros, la caja en sí es ilusión. Paolo Robersi es de estos.


Sus mujeres son lánguidas, melancólicas, de unos colores que no existen en la realidad y con un punto de ficción, de mundo paralelo. Tienen algo de locas, de bailarinas, de saltimbanquis, de golondrinas, de niñas, de enfermas, de fantasmas, de muertas, de reinas destronadas. Tienen algo de alegría y de drama.


Las mujeres de Robersi tienen algo oscuro escondido.


Tanta claridad no hace más que esconder las sombras.
Las perversiones, los secretos de la cinta, del amor, de lo abstracto, de lo que pasa entre las sábanas de seda, el ajetreo de los pasos de baile, la cadera, el perfume deslizándose por el cuello, la sonrisa furtiva del antes, las manos entre los muslos, las caricias, el silencio


Las mujeres de Robersi tienen ese punto etéreo y extraño. Nadie sabe muy bien quién son. Qué quieren. A qué aspiran ni siquiera si quieren a alguien.


Tienen un aire taimado, sádico casi, ilegal, extraño.
De los que no se conocen, se encuentran, se marchan.

Sin comprender nada, sin pensar en nada…


Sin pensar en nadie.


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