YSL, Un Príncipe Entre Ladrones


Yves Saint Laurent era un muchacho creativo de Orán, Argelia, que se adueño del trono de París y del de Europa, y el mundo, siendo casi un “pies negros”.

En cuanto YSL tenía ataques de melancolía, Pierre Bergé, decidió construirle un palacete donde pudiera sentirse libre, querido y amado. Le doró de príncipe, le colgó el retrato de Warhol enmarcó el logo, los dibujos de sus obras, las inspiraciones predilectas y la galería de arte que inauguró con una estatua africana que, en palabras de Bergé, “olía muy raro“.


YSL quedó, de esta forma, como un parisino rajá que se contoneaba por una sala llena de huríes que él mismo vestía y que todas le amaban con devoción.


En medio de una vieja obsesión dandi de que “la vida es arte”.


YSL no dejó de ser un pajarillo con las alas doradas por su talento que brillaba mucho pero que no podía volar.


Pierre Bergé no pudo menos que hacerle la jaula lo más hermosa posible.


E YSL le quiso toda su vida.

Marcando, profundamente, con todo su alma al mundo.

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