Madame Butterfly

Estaba yo pensando en Madame Butterfly, en los excesos de la seda, del Japón, de los colores combinados, del blanco papel de arroz, de los labios hechos un beso de sangre y el kimono bordado como un cerezo en flor al lado de un estanque de carpas japonesas.

Pensaba en la estética de la liviandad y la pesadez. La carga y la descarga. El éxito y el fracaso. La construcción y la deconstrucción…
Japón siempre me hace pensar en jilgueros, en gorriones, en palomitas que vuelan por el cielo, en colores de flores, en jardines de bonsais y en jaulas de oro para las hermosas geishas que sirven té y amor.

Japón es un mundo de estallidos.

Las flores en vez de florecer, explotan de colores. El sonido reverbera hasta formas ondas mentales en cícrulos, la seriedad y la eficiencia se transforman en ritos ancestrales de adoradores del sol y de la luna donde el compás del viento se imprime de colores siendo verde, naranja, amarillo…

Y todo el universo tiene algo de complejo freudiano de bola de nieve accionada por un resorte. De extraña ficción sin pasiones que luego irradia promesas de un rojo caliente, templado, maternal, amoroso bajo un trato estricto y exquisito.

Tiene algo de soberbia el dibujo, de estampa japonesa efectivamente, de mundo plano en dos dimensiones cargadas de lo bello, lo excesivo, las líneas rígidas, los cortes ajenos al cuerpo, el mundo visto desde piezas de madera y el sol filtrado por la sombra.

Supongo que tanta alegría contenida, tanta pasión enfervorecida conduce, inexorablemente, a la tragedia.

No obstante, la tragedia es bella.

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