Chaumet, Los Diamantes Y La Eternidad

La historia comienza con mucho oropel y palabrería casi mítico, se relaciona con el vellocino de oro, con la nobleza, con el absolutismo, con los reyes más despóticos y dedicados al lujo y a mandar -básicamente-. Se decidió crear por Francisco I en el siglo XVI, una gran colección de joyas que tras Napoleón I tendrá que ser vendida. Trágicamente la subasta comienza así:

“Los diamantes, las piedras y joyas formando parte de la colección llamada Diamantes de la Corona (…), serán vendidas en subasta pública. El producto de esta venta será convertido en rentas sobre el Estado.”

Y ese honor de Napoleón cayendo ante Chaumet y encargando miles de joyas al Joyero Oficial del Imperio -ja- se volatiliza en manos privadas, en pérdidas eternas y en otras variantes poco interesantes para la historia -o sí, quién sabe-. Napoleón III decidido a emular y superar la grandeza de su tío -culpable de casi todas las independencias americanas sigh- las recompra para su amada y las refunde o conserva, según el gusto.

Napoleón III compró -casi- toda la colección para su amada Eugenia de Montijo.

La misma Eugenia de Montijo, bella a rabiar, que por no tener “pa pan” no tenía “pa joyas” y se cubría de violetas porque eran del color de sus ojos.

Las vueltas que da la vida, como quien dice.

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