Joven. Guapa. Desquiciada.

Sé lo que debería ver. Y sé lo que veo. Todo el mundo se lanzó a los 60s y a los 50s y a Mad Men como lobos en cuanto vieron los desfiles de LV y de Prada. Que si Grace Kelly. Que si Marilyn. Que si secretarias ceñidas. Que si jackie Kennedy. Que si los happy 50s americanos. Que si agencias de publicidad. Mujerones con curvas y más edad. Bueno. No digo que no. O, un poco…

Pasada la fiebre inicial de los Cosmopolitan y los Martini, ví Cabarets alemanes de esos de antes de la guerra que eran reutilizados por los chicos del Swing en tiempos de los nazis. Pero, pensándolo mejor, quizás no sean esos chicos del Swing. Si no los del Swin de Londres en los sesenta y posteriores. No puedo parar de ver los años 70s.

Casas de color pastel. Sol. Nubes. Amas de casa desquiciadas. Colas en el supermercado. Coca Cola en botella de cristal. Tarta de manzana. Coches grandes de esmalte y lacas de uñas de color rojo.


Ni secretarias ni oficinas de Manhattan. Ni pechos y caderas por la crisis. Ni racionamiento ni nada. Esplendor y decadencia.


Joven. Guapa. Desquiciada.


Casa bonita. Marido estupendo. Armario precioso. Nueva temporada. Buena temperatura. Cuenta corriente. Vacaciones. Jardín. Criada. Niñera. Peluquería. Café a las seis. Cena en un restaurante y paseos por la bahía. Y vacío. Mucho vacío.


Y aburrimiento.


En colores tranquilos. En turquesa. En rosa. En pantaloncitos. Con zapatitos de tacón. Con grosellas. Con olor a tabaco. Con vasos de alcohol. Con niño. Con terraza. Con posibles. Con pasado.


Y sin futuro.

Nada.
Vacío.
Eso son mis chicas.
Jarrones.


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