Prada, A Suertes Nos La Jugamos

Prada está muy contenta con su colección. Se nota. Ha salido a saludar mucho, para lo que ella acostumbra y con una gran sonrisa, bastante más grande de las que acostumbra la comunista rica que se paseaba por mayo del 68 con trajes de YSL. Una excentricidad más no viene mal. Debe pensar que si sus colecciones siempre son tachadas de visionarias pero luego son fusiladas por las marcas de moda rápida como Zara (me encanta Zara, confieso), es que algo tienen y, ¿por qué no usarlo?
Karl Lagerfeld dice que él no se fija en nada cuando diseña. No ve las colecciones de los demás. No compara. Sólo crea con lo que sale de su mente, con la inspiración que busca y “toda la pesca“. A Miuccia Prada le ocurre algo parecido, no exactamente igual pero bueno. Miuccia propone algo, generalmente al margen de las tendencias que todos los diseñadores se empeñan en sacar, arrasó con el lady like de secretaria tímida en sus primeros años, con el bolso de nylon con un triángulo sin logo que las pijas se morían por llevar y por el que se pagaba lo mismo que por uno de Loewe. Qué se le va a hacer. 
Si hay algo que le guste a Miu Miuccia Prada debe ser esa cosa de la oferta y la demanda del capitalismo. Sobre la colección que ha presentado para el verano en Milán se puede pensar en muchas cosas: las mariposas de la Atlantis de Platón de la revolucionaria colección de McQ, la pureza de colores de Jil Sander (que salió mal no, peor de los tratos con el grupo Prada y el signor Bertelli), que tiene algo de Marni, algo de los pliegues origami de Galliano o que puedes pensar incluso en Calvin Klein en sus buenos años pero con mucho negro. Y todo es cierto. Y falso. 

Creo que en cierta forma, el desfile trata sobre la suerte. Uno puede irse muy lejos y nunca huir del todo. Uno puede estar de vacaciones. Vivir en un paraíso con playa y palmeras y estar atrapado en un círculo en el que la muerte, no te deja vivir. Todo el paraíso que tienes alrededor se desmorona en una sala de hospital blanca, aséptica, pulcra e inerte. Muerta y bien muerta que es asfixiante. El resto da igual. Se trata del espacio que tenemos.
Las mujeres de Prada tienen un espacio figurado. Están ante las puertas de la muerte y también ante las puertas de la vida. Quieren vivir y no saben. Se acaban desmoronando. Todas las salidas de color se van apagando como si las ilusiones se desvanecieran y cada vuelta que dan por la pasarela fuera otra hora gastada del reloj. No es de extrañar. Nada. Todo es blanco y no queda nada. Nada ni nadie. Ni siquiera una jugada con la que desafiar a la muerte.

Hay verano y frenesí pero también sabor de la tragedia. Nacen, viven y mueren, como quien dice. Lloran, se ríen y vuelven a llorar. Primero entonan cantos alegres y luego sólo les queda el arrullo de la muerte. Ni el recuerdo siquiera. Se hallan en los límites de la realidad donde nada es lo que parece y siempre queda algo de desamparo.

Caronte se apiada de ti a los 100 años de desfallecer por la laguna Estigia y te cruza al otro lado. Ellas saben mucho de esto. En sus pechos está escrito su futuro y su pasado y su desgracia. Lo mismo rezan a ángeles, que parecen negociar con el diablo las últimas horas de risa y hacer un truco fatal. Un salto mortal. O una jugada de alfil para hacerle un jaque mate a la muerte.
Bailar bachata o jugar con el último tango en París. Morir llorando o vivir feliz. A cada paso la música resuena. Con cada desliz, se anota un punto en la cuenta del bien o del mal. En Gibraltar, con las columnas de Hércules y el fin del mundo, los monos juegan.

 

Llega el fin del mundo y los monos juegan.
La suerte está hechada.
Es negra.
Y tiene color.

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