Exhibicionismo Amateur

De vez en cuando uno piensa en lo sórdido. Es inevitable. Alber Elbaz piensa que “atrae lo bello y también lo que, sin ser bello, es bello“. A veces ocurre. Por ejemplo, la obra de Helmut Newton es un buen ejemplo. El alemán -el mejor fotógrafo del mundo- es un maestro con su atmósfera identificable, sus damas de hielo, el sexo latente, la sangre, la putrefacción, la ira, el vicio, el pecado, las falsas apariencias, las perversiones y el poder. En Newton se respira mucho poder aunque ese no sea el tema.
Los periodistas, especialmente en sucesos, olfatean la sangre. La huelen como si fueran sabuesos. A Newton también le ocurría. Él mismo tenía sus obsesiones recurrentes. Le aterraban las aves pero las fotografiaba, quería las caderas para fuera, listas en ese mismo instante para marchar en celo hacia cualquiera y un tipo de violencia muy específico.
Catherine Deneuve siendo aterrada por alguien con un cuchillo o la azotea de Nueva York en la que una mujer reposa sobre el suelo mientras todo está revuelto sin saber si vemos un crimen o una fotografía de moda son la clave de su obra. Lo curioso de Newton -como de Guy Bourdin– es que en su obra -pese a tratar sobre la moda- pocas veces enseña la moda.
Helmut Newton -y June Newton- decía que no quería retratar a una mujer en un fondo blanco sino retratar la vida. En Newton, veo muchas veces rastros de ese voyeurismo que todos tenemos tan avezado. Quizás, la diferencia es que en el fotógrafo más reputado de la historia de la moda -ya, ya, Avedon, ya, ya- no tiene ni siquiera un rastro de cotilleo.
Newton presenta una realidad. No sabemos si es un montaje, si es real, si es casual, si somos uno de los personajes o si, simplemente, lo vemos como alguien que asomado al piso de arriba ve la escena. Newton tampoco juzga nada, cuando una Schiffer burguesa-sádica mete la cabeza de su empleada en el horno mientras la agarra con una correa de perro, Newton no pretende criticar nada. Estamos ahí y punto. Luego, veremos a la criada engañado a la señora Schiffer con su marido mientras ella entra, poderosa, poderosa, poderosa, sin saber nada, sin intuir nada de nada. Pero no juzga nada.
Si miro la imagen, veo que no sé lo que veo. Podría estar muerta o completamente borracha. Podría haberse quedado dormida o haberse desmayado. Yo podría haberla tirado una maceta a la cabeza y haberla matado o, incluso, podría haber visto lo que ha pasado y estar deliberando si llamo a urgencias o no.
Pero eso no importa.
Lo bueno es que es todo eso.
A la vez.

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