El Demi Monde

Antes de que Chanel apareciese de sopetón en el mundo de la moda, las mujeres eran algo muy diferente a lo que ahora conocemos, e incluso, a lo que ahora pensamos. Decir de ellas que eran muñequitas me parece, a todas luces exagerado, en tiempo de Klimt se decía que “la mitad de los hombres tenían sífilis” y también la vida circulaba en los cafés. En el Moulin Rouge sólo podían disfrutar los hombres y el encanto opiáceo de las cortesanas era disfrutado por la Alta Burguesía, la nobleza apartada a empellones de su dinero pero con su honor intacto y algún dandi perdido amigo de Lautrec y su camada que se revolcaban ansiosamente entre el talento, la locura, el histrionismo y el exceso perenne.
Decir de ellas que tenían una vida regalada, que arruinaron a barones, sin pasar por la vicaría y sólo disfrutando de los saltos de cama, porque les hicieron comprar castillos, joyas y vestidos en Chéz Worth no es nada exagerado. La leyenda más viva es, quizás la de la polinesica Mata Hari, que sin ser polinésica, reptaba entre cuerpos de oro y sostenes metálicos al más puro estilo Rabbane entre oficiales y mirones que se deleitaban con las curvas fértiles de su vientre.
El fin de siecle fue, evidentemente, una crisis.
Pero, la decadencia es hermosa.
Febrilmente hermosa como lo fue ésta.

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