Érase una vez un verano

Es un día cualquiera de un verano corriente. Hace un calor sofocante, a las flores de tus macetas se les están coloreando las hojas de amarillo y las manillas de tu bonito reloj de pulsera duermen mientras los minutos se consumen tranquilamente. Llevas días sin oír la melodía del teléfono móvil, nadie llama, nadie manda mensajes, el aparato parece estar en coma y la verdad es que no te molesta que sea así.

La playa se ha convertido en tu mejor amiga y acudes a ella mañana y tarde para dejar que el sol te acaricie con sus cálidos rayos y el agua salada te refresque y te cargue de energía.

Las noches se suceden mientras tienen lugar las charlas con los amigos, las confidencias más íntimas y los paseos por la orilla del mar. Cafés con hielo, cervezas, tintos de verano y mojitos alegran tu paladar y satisfacen tu sed.

En un día cualquiera de un verano corriente el cielo se tiñe de naranja y un viento que aparece como surgido de la nada comienza a mover las hojas de los árboles, alimenta las olas del mar y revuelve el cabello de los paseante. Te asomas a la ventana y observas con sorpresa como el aire hace volar multitud de bolsos, los mece como si de ligeros globos se tratara, de aquí para allá, de un lado a otro, bolsos y más bolsos…

Bolsos hechos de lonas viejas de camión, cinturones de coche y cámaras de aire para bicicleta. Son de Freitag


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