Arcadia, La Muy Dichosa Arcadia

Creo que cuanto más cosmopolita es una sociedad y, por ende, sus individuos, más se acelera el motor causa-efecto y la dinámica clásica de acción-reacción. La consecuencia de edificar un nuevo rascacielos es soñar con una casa de una planta con un viejo granero y un gran porche con una mecedora. La creación de un centro comercial implica la férrea voluntad del cultivador aficionado que se pasa de su Black & Decker a comprar unas semillas de tomate que cuidar y mimar. Los multicines con estéreo hacen soñar con los cines americanos de los cincuenta. Al aire libre, en tecnicolor y con el coche descapotable en segunda fila.

La irremediable aceleración de la sociedad ha producido el adentramiento íntimo y onírico en lo que nos gusta llamar la América Profunda o en la sociedad rural -casi autárquica- donde el tiempo a pasa a medida que fluye el Missisipi en vez de las agujas del reloj. Donde el día acaba al ponerse el sol.

Nos hemos sumido en una cultura que, si bien no es tan vacua ni tan vacía es, al menos, tanto como todas las que la precedieron.; solo que nuestro punto de fuga, en vez de la antigüedad clásica y refinada de Platón y Sócrates debatiendo entre los mármoles tallados de Fidias y el jolgorio de la entrega del nuevo peplo -ah la moda- a Atenea es la vida sencilla.

La vida sencilla. O la felicidad de las pequeñas cosas. La lluvia, la cosecha, la fertilidad, lo yermo, lo animal, lo salvaje, el cercado y el verdor del campo nos conectan con nuestros impulsos más primitivos. Pasamos de salvajes civilizados a civilizados salvajes. Del escepticismo más radical, rayando en el ateísmo, a la celebración de los ritmos naturales del campo y de los ciclos humanos en función de las estaciones y la abundancia o prosperidad que generan en el campo.

De la cultura de la desaprobación y el futurible imperfecto pasamos a esperar el sol cada mañana y mirar los trazos del destino que se deslizan entre las nubes. A contemplar el cielo esperando la providencia de la alegría o el fracaso del ciclo trabajo por la estación de lluvias. A comprender el balar de los animales y entender sus quejas y contradicciones.

Pasamos de estar aquí a desear estar allí.

Y, si no en cuerpo, sí en alma. El movimiento regresionista que pretende o anhela volver a nuestras costumbres y a entrecerrar los ojos por el ardor del sol o a afinar el oído para escuchar el rumor de las montañas parece calar hondo en la sociedad. Hechamos de menos el olor de la tierra fresca por la lluvia recién caída y envidíamos el arte de vivir rural o campestre y, si no, al menos, bucólico.

La Arcadia. El Edén. El Paraíso. La Edad Dorada son denominaciones del deseo de regresar del hombre a lo que fue primeramente suyo, la Tierra. Ya los clásicos hablaban de la Arcadia (¿Y cómo no iban a hacerlo si eran clásicos?). Hablaban de amores y pasiones educadas entre pastores refinados que contaban sus preocupaciones sentimentales bajo el candor de una vela y en un lenguaje lírico y hermoso que danzaba en sus gargantas para unirse luego a la danza del viento.

La idealización de lo primigenio en nuestro cultura y en nuestra naturaleza podría considerarse un rasgo característico del hombre. O, quizás, un querer tener lo que no se tiene. ¿Idealizarían los primeros hombres las sociedades urbanas y el auge de la rapidez de vida y el caer sin frenos? Aparte de que sea difícil saberlo, probablemente sí. Porque anhelamos aquello de lo que carecemos y obviamos lo que tenemos por muy valioso que sea.

Aún así, nosotros y nuestro desastroso proceso de degeneración de la naturaleza nos topamos con el deseo abierto y común, una voluntad de la pluralidad, de formas de vida que, si no son ecológicas, son verdes. Divinizamos la naturaleza que -no- nos rodea y la convertimos en el anhelo de nuestra vida y en una de nuestras ilusiones. Deseamos cascadas y pinares y ardillas y piñones.

Probablemente sea el precio a pagar -o la moneda de cambio- (o ambos) de una sociedad sumida en todo lo contrario. Modelo urbano, cadenas de ropa, cadenas de supermercados, cadenas empresariales, casi (prohibidos) monopolios empresariales y estandarización de los cánones estéticos que derivan en un Orden Mundial basado en la unificación y homogeneización -por medio del capitalismo y de la globalización- de la individualidad.

Pero también es uno de los sueños del hombre desde los más remotos y ancestrales tiempos. Que Karl Lagerfeld para Chanel de fuga a uno de esos sueños en el que la gente sólo tiene ropa de domingo y ropa de trabajo pero envuelta en gasas, flashes y envoltorio de usar y tirar es, probablemente, sólo una furia paradójica de lo calado que está en nuestra mente las églogas deliciosas de Garcilaso de la Vega. O, quizás, una señal de que el imaginario colectivo y sus deseos frustrados se encaminan hacia nuestro corazón cuando vemos la muerte de cerca. O, la vemos, venir.

Si el termómetro de la decadencia de una cultura o de un pueblo es el grado de evasión que ésta tiene para con sus ciudadanos, podríamos considerar nuestro mundo como el putrefacto desdén de una sociedad condenada al exceso que suspira por la simplicidad.

Aunque, bien pensado, adormecerse robando estrellas de la noche tiene que ser maravilloso.

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