El Mundo Perdido De Irving Penn
La misión de un fotógrafo es responder a la llamada de su retina. Únicamente al estímulo de su instinto visual que reclama la atención de su otro ojo –la cámara– para convertir los instantes en eternidades y a las personas en mitos. Irving Penn era uno de esos hombres que definieron no sólo la fotografía moderna sino una cosmología completa.
En su mundo, las mujeres eran sofisticadas pero no estúpidas. Elegantes y refinadas pero no altivas ni con aires de desprecio. Eran amantes y amadas, nunca vejadas ni abandonadas. El mundo era en blanco y negro. Atmósferas vibrantes donde la luz se fundía con la oscuridad descubriendo en una escala de grises de terciopelo y satén, la elegancia de la piel humana. Los hombres, eran caballeros enamorados. Perdidamente enamorados pero no ciegos de amor.
El ambiente era delicioso. El mundo de Irving Penn no tenía ritmo pero sí tenía cadencia. No tenía tono pero tenía matices. No tenía convulsiones pero tenía estremecimientos. La atmósfera del fotógrafo, del hombre que desarrollaba el curso del tiempo en obras de arte congeladas que son las fotografías; no es una atmósfera detenida, de tiempo inerte, robado del reloj. Es una atmósfera envolvente, un guante de seda.
Quizás, lo más hermoso de sus obras aparte de las puras alegorías de la belleza con las que honraba a las herederas de Venus, era el tamiz, el filtro por el que pasaban sus composiciones, casi reptando. Delicadas, paseaban de puntillas dejando tras de sí un rastro de perfume que se podía oler al ver la imagen, el sonido de una carcajada que se podía oír al contemplar el instante; la sensualidad de las piernas entre medias de seda que se podía palpar, el olor del tabaco deslizándose entre los labios y el sonido del fuego devorando, con fruicción pero sin ansia, cada instante.
O, quizás sea eso que las convierte en obras de arte. En emblema del pensamiento de un hombre que cambiaba el mundo con sólo mirarlo y que consiguió que el mundo cambiara cuando era su ojo el que excrutaba de la mañana al atardecer y, luego de la noche a la mañana.
Que son imágenes de damas que no existen más allá de su mundo. Que todos creemos o queremos conocer. Que nos evocan un torrente de sensaciones, de tormentos, de envidias. Que nos susurran un deleite de placeres, una concatenación de emociones que van más allá del mero estímulo respuesta. Quizás, la vida para Irving Penn era más que eso. Más que sinapsis entremezcladas de la misma forma que su fotografía es más que luz, mujeres y composición.
Quizás, por prescindir esa racionalidad. Irving Penn y su obra, su vida, su mirar… son más que una mera sucesión de trabajos, de modelos, de momentos, de sensaciones, de estados y de ideas. Son almas.
Y, ése es el único secreto que le convirtió en un fotógrafo. En un hombre. En un genio.
El alma.
La fe.
Al fin y al cabo, la labor de un buen fotógrafo es desgarrar cortinas, descorrer velos y retratar mundos.
Para los genios, no hay labores.
Sólo hay motivaciones.
Sólo hay motivaciones.
De ahí que ellos, se conviertan en mitos.
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- Date:
- 10.10.09 / 6pm
- Category:
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