NATURALEZA VIVA

Sin maquillaje.


A mi me parece un alarde de valentía absolutamente innecesario. Por el amor de Dior, yo, que no soy “ser humano” hasta que no me tomo dos cafés y me pongo medio kilo de rimmel en las pestañas.

Pues así, sin maquillaje alguno, han posado algunas de las mujeres más bellas del país para la Revista Elle del mes de Noviembre, que me encontré en mi buzón al regreso de mi viaje a Tallinn.

Bueno, sin maquillaje y sin PhotoShop… pero esto último ya me parece menos meritorio, más que nada porque el común de los mortales no suele retratarse con PhotoShop así en el día a día… otra cosa son las fotos de los bodorrios y demás familia, pero eso es tema aparte.

Desde la satinada portada me sonríe una Patricia Conde magnífica… qué digo magnífica… una hija de puta que te cagas, vamos. Porque estoy segura de que en muchos países es ilegal tener ese aspecto sin maquillaje. Yo, sin ir más lejos, llevo hoy un modelito ideal y muuuuuuucho más make up, y a estas horas tengo peor aspecto. Igual a las 09.00 lucía igual de lozana, pero avanzada la mañana es otro gallo el que canta, queridos.

Y claro, me parece a mí que esto justo, lo que se dice justo, pues no es.

Tú abres el Elle, ojeas las fotos de la Pataky, de Paz Vega, de Vicky Martín Berrocal… y te dan ganas de cortarte las venas con el pincel del lápiz de labios, vamos. Es que, definitivamente, el mundo es muy pero que muy injusto.

Yo, después de ver estas instantáneas, he llegado a la conclusión de que las mujeres, así, en general, podemos catalogarmos en dos grupos: las que son de belleza natural, y las que necesitamos muuuuuucha ayuda para parecer bellezas medias naturales.

El primer grupo engloba a esas mujeres que están guapas a las 9 de la mañana, a las 3 de la tarde y a las 11 de la noche. Si se ponen un vaquero y una camiseta raída, parecen “encantadoramente hippies”. Si se ponen un vestidazo con pumps de tacón de 15 centímetros, parecen “naturalmente sofisticadas”. Si están tiradas en el sofá con un catarro de los que hacen época, arropadas por diez mantas nórdicas y sepultadas bajo un pijama de hello kitty con más bolitas que el árbol de navidad de casa de Farruquito, parecen “tan dulces e inocentes”… vamos, que dan un asco que te cagas.

El segundo grupo, en el que me encuentro irremediablemente inmersa, lucah contra natura por parece bella, cuando, desengañémonos, es del montón… y no voy a aclarar de qué montón concreto. Si nos ponemos un vaquero y una camiseta raída, en lugar de parecer “encantadoramente hippies”, parecemos sencillamente unas tiradas. Si nos ponemos un vestidazo con pumps de tacón de 15 centímetros, en lugar de parecer “naturalmente sofisticadas”, parecemos lo que somos, o sea, unas tiradas disfrazadas de señoras sofisticadas. Y si estamos tiradas en el sofá con un catarro de los que hacen época, arropadas por diez mantas nórdicas y sepultadas bajo un pijama de hello kitty con más bolitas que el árbol de navidad de casa de Farruquito, … bueno, en ese caso es más que probable que nadie nos vea. Es más, si somos verdaderamente conscientes de nuestra pertenencia a la categoría B, hasta habremos echado de casa a nuestro santo, para evitar que tenga pesadillas por la noche.

Las mujeres que asumimos nuestra irrevocable pertenencia a la categoría de “belleza no natural”, terminamos, con los años, por dominar las técnicas para parecer naturalmente bellas. Un buen maquillaje, aprender a caminar con tacones, cuidar hasta el hastío el corte de pelo, no salir jamás –y donde he he escrito jamás he querido escribir nunca jamás never in the life- sin un poco de blush y rimmel de casa (aunque sea a tirar la basura. Si ya te has desmaquillado, que la baje otro, o que huela a pescado la cocina hasta mañana, vamos). Cosas como esa.

Mi truco personal para sentirme bella es la ropa interior, por mi contradictorio que pueda parecer, por aquello de que no la ve nadie más que tú… bueno, y a quien se la quieras enseñar, claro.

Hace años descubrí que los días que me ponía conjuntitos de ropa interior especiales, con encajes, colores bonitos, a juego con mi ropa… me sentía más sexy, más guapa… y transmitía esa sensación a los demás. Así que, desde hace un tiempo –sobre todo desde que mi sueldo me lo permite- invierto ingentes cantidades de dinero en lencería, hasta que he logrado desterrar para siempre de mi cajón las bragas de algodón blanco y los sujetadores básicos. Desde hace un año, más o menos, toda mi ropa interior puede entrar en la categoría de lencería. Y lo mismo sucede con mis pijamas. Hasta los de invierno. Rasos, sedas, algodones suaves mezclados son seda… siempre te sientes más guapa con un pantalón de seda color champang y una camiseta de algodón y lycra negro que con un esquijama de franela gastado, por muy calentito que sea.

Otra terapia, al menos para mi, son los buenos complementos. Joyas –cuando puedo-, buenos zapatos –si puede ser con taconazo-, bolsos de piel… cada día me convenzo más de que, para las que necesitamos de cierto artificio para lucir, los buenos complementos y las prendas con buenos cortes son, más que un deseo, una necesidad. En mi caso, puedo tener mala cara, haber dormido mal e incluso estar cabreada, que si me encaramo a mis tacones y me calzo al brazo mi bolso de piel, soy una mujer nueva.

Pero ellas no, amigas, “ellas”, las bellas, las que son tan naturales como el yogur, pero menos blanquecinas, son hermosas como rosas aunque estén sin depilar. Qué asco, por el amor de Dior.

Me queda el consuelo, eso sí, de que la grandísima Dita Von Teese jamás posaría sin maquillaje para una portada, por muy buena que fuese la causa. Ella es el vivo ejemplo de que hay mujeres bellas, y mujeres que consiguen ser bellas. Algún día entraré en el segundo grupo.


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