MALOS PELOS

Soy una persona impulsiva.


Siempre lo he sido, una arrebatada de tomo y lomo que se corta el pelo al 2 sin pestañear y se deja medio sueldo en un par de zapatos que le han robado el corazón desde el luminoso escaparate de la boutique de turno. Yo soy así, qué le vamos a hacer.

Por eso, cuando hace aproximadamente cuatro años tuve un “día de malos pelos”*, mi solución inmediata fue cortar por lo sano. Literalmente.

* Los “días malos pelos” son una característica de la vida femenina intrínsecamente ligada a ella, que propician que, un buen día, sin previo aviso, tu pelo se encrespe como el de un electroduende y decida que ni de coña piensa hacer lo que tú quieres. Las puntas irán hacia donde ellas quieran, te saldrá un remolino en la coronilla y el flequillo se re rebelará abombándose como cuando Sensación de vivir estaba de moda.

Llevaba entonces un bob más bien larguito con flequillo, muy Vicky Becks en su buena época capilar (solo que antes que ella, que conste. Entonces ella llevaba una horrible melena despeluchada), pero aquel fatídico día mi maravilloso bob parecía una ensaimada mal hecha.

Así que me planté en la primera peluquería que me salió al paso aquel terrible y ventoso martes de finales de septiembre, y mes pedí que me cortaran el pelo. Y lo hicieron. Me dejaron “rara, rara, rara”, entre huevo tipo Calimero y casco de moto, pero al menos estaba bien peinada y era cómodo, así que tiré millas. Como encima me marchaba de viaje un par de días más tarde, pues me consolé pensando en lo cómodo que sería.

Al regresar del viaje mantuve el corte como pude aproximadamente un año, cortando regularmente para evitar el “largo calimero”, y tiñéndo para cambiar un poco… algo de color… un baño de brillo… pufff, qué aburrimiento de pelo.

Un buen día, harta del corte insulso y poco favorecedor, me planté en una peluquería de renombre y me puse en manos de Breo, quien, casi llorando, accedió a cortarme el pelo… mucho. Muchísimo. Tanto, que a penas se me despegaba de la cabeza.

El corte era bonito, pero no me favorecía nada de nada, la verdad… aunque cuando comenzó a crecer, y tras un nuevo viaje, probé suerte en otra peluquería. Tinte negro, matizar los mechones para darle movimiento… et voilà! De repente tenía ese corto chic y afrancesado que me encantaba… pero que, como todos los cortos, crecía demasiado rápido. En a penas unas semanas el corte maravillosamente chic se convirtió en un espanto y volví al temido “largo Calimero”.

Cada mes o mes y medio jurada por Dior que lograría dejarme melenita de nuevo… y cada mes o mes y medio mi pelo llegaba a lo que tan sabiamente Ely ha denominado “largo Reina Sofía”, ese largo que no es largo… pero que tampoco es corto, y que le sienta fata a todo el mundo… incluida la Reina Sofía.

Así que, cada mes o mes y medio sucumbía, y volvía a la peluquería a que las expertas tijeras rehiciesen el corto que se había desfigurado, y lo dejasen de nuevo monísimo… pero corto, al fin y al cabo…

Hasta ayer. Ayer, después de pensarlo, repensarlo, consultarlo y reconsultarlo, y después de dos horas sentada pacientemente en mi sillón de Nona´s, mis peluqueras de cabecera rehicieron mi antigua melena a golpe de extensión.

No más cortos muy cortos, no más largos “Reina Sofía”, no más estilos “Calimero”… mi melenita ha vuelto a su ser, justo por encima del hombro, como debió haberse quedado aquel fatídico martes de finales de septiembre, cuando un “día de malos pelos” desató mi impulso asesino de melenas.

Ahora sólo espero ser capaz de domar mi nueva cabellera durante los meses que me acompañará, mientras permite a mi pelo natural crecer para que, cuando me las retire, mi cabeza haya vuelto a su propio ser… para que luego digan que ser mujer es fácil.


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