A Maria Antonieta Le Va El Rock

Las tribus urbanas despiertan fascinación o absoluta desidia. Al fin y al cabo, no son más que pluralidades de la individualidad o viceversa, según cual sea el caso. O, claro, mucho más. Son señas de identidad y trazos de la contemporaneidad y la manida ética del desinterés.


No hay tribu urbana -o rural- sin seña de reconocimiento. Los neo nazis llevan botas con punta de hierro, los Emos exceso de eyeliner y lágrimas negras y poca sangre en las venas, los góticos delirios mortuorios en negro. Los hippies -de palo o no- el irritante Peace And Love y los fotologueros, Wayfarer, Las voguettes se mueren por Balmain y las parisinas suspiran por Lanvin. Las señoras de la Quinta Avenida escogen Chanel y llevan pieles de CH y los pijos escogen Ralph Lauren y TH. Y los punks, crestas. Y los paletos, chapela.


Nicolas Ghesquiére ya se ha dejado llevar por la multiculturalidad en otras ocasiones. Si sus delirios ondean entre androides del Nuevo Orden Mundial y damiselas que hilvanan los hilos de sus vestidos en flor, el París de la coqueta Maria Antonieta, fashion victim donde las haya, siugue trayéndole de cabeza. Primero fueron las blusas blancas, que parecían negligés de chifón y ondeaban entre americanas tapizadas en tela de sillón o papel de pared en tonos acaremalados y empolvados.


Luego siguieron las jóvenes aristócratas que huían de Versalles llevándose sus cortinas, sus mantos, sus capas, sus joyas y su maleta con ellas. Llevaban prendas de encaje y pantalones actuales para confundirse con el resto de la plebe y pasar desapercibidas pero sus maneras las traicionaban. Ellas eran damas de chantilly y no de denim. C´est la vie.


Ahora a Maria Antonieta le va el rock y las tribus urbanas. Se pasea por Versalles como si todo fuera Le Petit Trianon y decide que las pelucas empolvadas están out y las capuchas cual hooker de cualquier barrio de mala muerte están en la cresta de la ola. Si antes se tapaba del sol en general ahora se protege de cualquier mirada en particular. Si antes caminaba entre chapines de terciopelo por las alfombras bordadas con flores de lís, ahora impone con sus plataformas sadomasoquistas y lo mismo te baila ballet que chuta por la banda.-¿?-


Si Maria Antonieta se hizo la sueca con la recesión francesa que le costó la cabeza, ahora se pone hot. Primero no llevaba nada sin perlas y su vestuario parecía sacado de una lámpara francesa -¿también le gustará Prada?- pero ahora escoge cortar al láser y romper antes que epatar.


Sigue siendo una fashionista con golpes de talonario para pagar sus caprichos aunque se lo quite de comer (¿pan o pasteles?) pero con peores modales. Sorprende al personal con sus minifaldas y su actitud. Se calza las señas de identidad de los marginados pero sigue paseando por sus salones de espejos donde parece que te vas a encontrar una ninfa en vez de un fantasma. Pasea por sus jardines barrocos, absolutistas, decadentes anunciando que ella es más Nueva Era que vieja.


Maria Antonieta se ha puesto dura. ¿Sans Culotte, toma de la Bastilla? Estás de guasa. Mano dura, actitud dura y delirios en Balenciaga. Versalles francés por el caleidoscopio del nihilismo. Falsas voluntades y falsos malos modales antes que sonrisas falsas. En un Versalles que no es francés y sí lo es.


Y es que Ghesquiére sabe que con la buena de Maria Antonieta, empezó la época actual. Esa de revoluciones y liberales. Esa de sangre a raudales. Esa de democracias y golpes de estado. Esa de chicas malas que parecen buenas. Esas de chicas buenas que quieren ser malas... Como mi amada reina francesa que perdió la cabeza y el trono de Francia.

Y a quién le preocupa que le corten la cabeza. Desde luego, no a esta Maria Antonieta.

Y por el viejo Versalles, se pasean nuevos rockeros.


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