Costa Rica en 12 instantes

O de cómo Shopaholic descubrió nuevas maneras de liberar adrenalina (y con nuevas me refiero a otras, diferentes a hacerlo pujando por un nuevo par de zapatos de Miu Miu en eBay).
Vale, lo confieso, entre todos los adjetivos que puedo aplicarme no está el de aventurera (o al menos no lo estaba, hasta ahora). Hasta este verano (oh, qué lejano ya) que me tiré a la piscina, mochila a la espalda, para recorrer Costa Rica de norte a sur y de este a oeste. Un viaje inolvidable a un país único que si tuviera que describir con una sola palabra sería “sorprendente”. Da igual lo que hayas visto o lo que hayas hecho, Costa Rica te reserva sorpresas a la vuelta de cada curva. Y te deja sin habla, y en muchos casos sin respiración, ante una vista o una nueva experiencia. Aquí algunas de las mías, algunas de las que me dejaron muda:

Costa Rica

-Recorrer la selva en quads subiendo y bajando por caminos impensables. Disfrutar de una tormenta tropical, ver de vez en cuando el sol (la selva es tan frondosa que al suelo solo llega el 2% de su luz), y parar para bañarse en una cascada cualquiera.

-Visitar una isla desierta y encontrar ballenas por el camino. Si de algo son conscientes en este país es de su riqueza natural y al igual que la selva está protegidísima (cortar un árbol te lleva directo a la cárcel durante un año) hay alguna isla virgen en la que todavía se puede fantasear con ser Robinson. 
Hasta la playa de Isla del Caño se llega en barco y se disfruta del paisaje porque no se puede hacer nada más (ni falta que hace), ni comer, ni beber, ni adentrarse en el islote. Como bonus track al recorrido, en temporada de ballenas se puede tener la suerte de ver alguna que sube hasta estas cálidas aguas del Pacífico a tener a su cría (yo vi un par, una con cría, ¡inolvidable!).

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-Tirarse desde la copa de un árbol a 40 metros del suelo. Ya lo he dicho, ahora ya soy una valiente y me apunto a lo que haga falta. Por ejemplo a una mañana de tirolina entre los árboles más altos que he visto nunca, en el parque de Manuel Antonio.
-Yoga en Nossara. Está bien la adrenalina, pero tampoco está de más pararse a tomar aliento, respirar y admirar lo que te rodea. Para ello nada como una mañana de yoga disfrutando de la naturaleza, seguida de un desayuno de campeones en el hotel Harmony, el mejor de la ruta (a mitad de viaje la espalda ya pedía pasar una noche en un buen colchón que una es aventurera pero también un poco esto).

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-Volar en gyrocopter. La mayor prueba a mi valentía llegó cuando me tocó montar en este aparato que, aunque no lo parezca, vuela. Mitad avioneta-mitad helicóptero descapotable, es lo más cercano a sentirse un pájaro más allá del paraidísmo y esas cosas a las que ya no llego. Muy impresionante.

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-Fiesta en Santa Teresa. El pueblo surfero de la península de Nicoya tiene tan buen ambiente (en un país en el que el buen ambiente es la tónica general) que fue imposible no sumarse a la fiesta. Lo mejor es contagiarse del espíritu y disfrutar como niños cuando en mitad de la noche -con música reggae sonando en directo- estalla la tormenta tropical. Y seguir bailando hasta el amanecer.
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-El teñidero en río Celeste. Otro ejemplo de cómo la naturaleza puede seguir sorprendiendo: un río que desemboca en otro, ríos normales y corrientes -uno más transparente, otro más marroncete- pero llenos de minerales y restos volcánicos que al unirse de tiñen del azul más intenso. Tanto, que los ticos dicen que cuando Dios pintó el mundo lavó sus pinceles del azul del cielo en este río.
Eso sí, la espectacular vista no está al alcance de cualquiera, solo de los que lleguen hasta el recoveco de la montaña tras recorrer 3 kilómetros de selva. Al hacerlo, valoras todavía más el espectáculo.
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-Caminos intransitables, bueyes y mulas como compañeros de carril, o carreteras que se acaban porque un río “se ha llenado” en época de lluvias. Y entre el caos, el atardecer más bello que sorprende a la vuelta de la carretera.
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-Tortugas marinas que vuelven al lugar en el que nacieron -lo llevan grabado- a poner más de cien huevos a medio metro de tus pies, observarlas esconder su nido y arrastrarse de nuevo al mar.  Bajo la luz de la luna llena, para hacerlo todo aún más mágico.
¿Más todavía? Terminar la noche en Tortuguero, en mitad de la selva y caer rendida escuchando a los monos aulladores de fondo (¡suenan como dinosaurios que no los he escuchado pero me lo imagino!).
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-Rafting en el río Pacuare. Otra experiencia que jamás me hubiera planteado y mucho menos en un río clase IV (resulta que, esto también lo he aprendido en mi viaje, los ríos se catalogan por la fuerza de sus rápidos del 1 al 5).
-Conocer a mapaches, osos perezosos o monos en el refugio Jaguar en Puerto Viejo mientras los preparan para volver a introducirlos en su medio natural.
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-Cenar con vistas San José. Puede que la ciudad no sea la más bonita del mundo. Pero como todo, poniendo un poco de distancia, se ve de otra manera. Y así, con la urbe a los pies y en la mejor compañía terminé mi viaje. ¿Qué más se puede pedir? una segunda ronda…
¡Pura vida!

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PD. Vale, ahora ya lo confieso, en realidad eso que dije al principio de la mochila a la espalda no es del todo cierto… lo añadí a modo de literatura para que me imaginaráis más aventurera todavía (vamos que me recorrí Costa Rica de norte a sur y de este a oeste con una nada ligera maleta de ruedas).
  


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