El imperio de los clones

Llámese inspiración, llámese clon, lo cierto es que estamos más que acostumbrados a toparnos con prendas low cost a imagen y semejanza de las que hemos visto unos meses (en ocasiones pocas semanas) antes, sobre las pasarelas. Por una parte parece algo normal: París, Milán y Nueva York dictan tendencias y la calle o las grandes cadenas se limitan a producir plisados, peplums o el largo de la falda que toque cada temporada. 
No voy a entrar a valorar –al menos no ahora– hasta que punto es lícita o moral una práctica más que común y aceptada desde hace mucho. Porque si algo está claro es que los clones han existido de toda la vida de dios. Bueno, en realidad no es así. El deseo de estar a la moda era algo reservado, primero a la aristocracia, y después a la alta burguesía. El resto de la población se conformaba con sobrevivir y vestirse en el mercado de segunda mano, con trajes hechos por una costurera o directamente en casa. 
Como casi todo, la situación cambia en los años 20. Tras la I Guerra Mundial se alían varios factores que provocaron un vuelco en la situación: Por un lado el crecimiento de una clase media con nuevas aspiraciones y deseos entre los que está ya la moda. 
Por otro, la propia moda de la época: los vestidos despegados y de patrones sencillos de los años 20 son mucho más fáciles de copiar que aquellos suntuosos trajes victorianos llenos de refuerzos y capas y capas de crinolina. 
Todo esto, unido a grandes avances en la técnica y al desarrollo de tejidos sintéticos más baratos consiguen que nazca, por primera vez, una verdadera industria de la copia que va mucho más allá de la señora de un pueblecito que le pide a su modista de cabecera un vestido como el de la ilustración de la revista. 
El siguiente paso llega a mediados de siglo, con la sociedad del consumo en plena efervescencia y de la mano de los grandes almacenes, que encuentran a una marea de mujeres pidiendo a gritos vestir a la última moda. El último capítulo lo conocemos de sobra en primera persona: las cadenas low cost
Todas las imágenes que ilustran este post son fotogramas extraídos de la película A new kind of love, una comedia romántica con Paul Newman y Joanne Woodward que os recomiendo desde ya. 
Con un impecable vestuario de Edith Head (como no), la cinta refleja una realidad a mitad de los años 60: la copia descarada de modelos de Alta Costura de París por grandes almacenes norteamericanos que vendían los mismos diseños en poliéster, eso sí, diez veces más baratos. ¿Os suena? 

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