Imposturas


Inglaterra. Auge y declive del Imperio Brítánico. Caza del zorro. Marina “two keels to one” y el espléndido aislamiento. Salvajes correteando por las colonias. Y la política de manos libres, ya saben, los ingleses tienen intereses permanentes pero no amigos permanentes.


Las mujeres inglesas, serias, rectas, con rosas en el jardín y té a las cinco. Perros, sofas de cuero y copas de bourbon y vasos de whisky. Amazonas. Traje de terciopelo y espuela ágil.


El carácter inglés con esa mano de ida y vuelta, ese humor ágil y seco del norte que tiene esa mezcla de agrio, inteligente y cortante.


La nobleza inglesa, de casta, tirante, regia, rígida, protocolaria, enguantada, sofisticada y altiva. Sobre todo altiva. Recta como una flecha, flexible como un arco.


Carreras. Ópera. Rondas de licores. Perfume. Ladridos. Encajes. Botas de cuero. Lodo. Y ropa estrenada por criados. Mantillas francesas y esmeraldas de Kurdistán.


Extraño gusto ciertamente y algo atractivo aunque distante. Fria, soberana, poderosa. El mundo se ahoga y ella a flote. Isabel, su reina. Virginia, su zona. Amores corsarios y lengua de oro.


Sillones tapizados, tapices, leones de piedra y amores con el jardinero en la caballeriza. Rasi, Cestas de coser. Pic nics en la hierba. Porcelana francesa y tardes de lluvia golpeteando los cristales. Chimenea y troncos y velas.


Escopetas cargadas. Pólvora y rosas.


Abrigos de zorro y chinelas de seda.

Y estas no son princesas…
Son arquetípicos tópicos enlacados del maestro de las mujeres jarrón, John Galliano para Dior.
¿Visto? Revisto. ¿Triunfo o derrota?
Ya lo dijo Churchill, sangre sudor y lágrimas.
Y en su biografía, triunfo y derrota.

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