La minifalda, Mary Quant, Twiggy y el Swinging London

Los años sesenta ha sido una de las décadas del siglo XX que más cambios y revoluciones nos ha traído. La lucha por la igualdad, el asesinato de Kennedy, los Beatles, la Guerra de Vietnam… Todos son hechos que marcaron una época y que culminaron en el movimiento contracultural hippie que a finales de los sesenta dio inicio a un nuevo periodo.
Twiggy en una imagen de estudio en 1968.
En esta década surge una nueva generación de jóvenes que no ha vivido las penurias de la guerra y que lucha por diferenciarse de sus predecesores a los que acusan de los desastres de años anteriores.
Precisamente es ese sentimiento de rechazo a todo lo anterior lo que se encuentra detrás de la nueva estética porque, como siempre, los grandes giros en la moda esconden detrás importantes revoluciones sociales.
En aquellos años Londres era uno de los epicentros culturales del mundo. El periodo de efervescencia que vivió la ciudad se conocería como Swinging London, una época de optimismo desmedido tras la austeridad de los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.
Icónica imagen de Veruschka, fotografiada por Avedon en 1967.
Es precisamente en Londres donde una joven Mary Quant abre una tienda en la que empezó a vender creaciones de otros modistos para ofrecer más tarde sus propios diseños. Desde su local en King’s Road la visionaria inglesa y su moda rápida adaptada a los gustos de los más jóvenes fueron algunas de las causas que hicieron tambalearse a las arcaicas casas de costura.
Mary Quant trabajando en su estudio en Londres en 1967.
Pero dejemos a un lado la lucha entre costura y prêt-à-porter y centrémonos en la creación más célebre de Mary Quant: la minifalda.
La escueta prenda de ropa nació con afán de revolucionar al mundo sí, pero contrariamente a lo que se piensa su aparición (al menos al principio) no tuvo absolutamente nada que ver con la sexualidad. La minifalda nacía como un elemento más de rechazo. Los jóvenes rechazan la generación de sus progenitores y se aferran a su infancia. Se niegan a crecer y a convertirse en lo que tanto detestan: en sus padres.
Frente a los suntuosos vestidos de vuelo, a los talles ceñidos y a las faldas con metros y metros de crinolina, la nueva generación apuesta por faldas cortas, medias y leotardos de colores y merceditas con pulsera que recrean un look naïf que nada tiene que ver con las connotaciones sexuales que después se le atribuyeron.
Twiggy a su llegada a Estados Unidos en 1967.
Mary Quant (que se disputa el honor con Courrèges) fue la creadora del look, y éste se se vio perfectamente reflejado en Twiggy, la modelo del momento que encarnaba a la perfección todos los valores de la nueva generación. De estética aniñada (al fin y al cabo comenzó su carrera con sólo 17 años), piernas largas y pose desgarbada, se convirtió en una de las primeras modelos conocidas por el gran público. La joven Twiggy, que vivía al norte de Londres con sus padres, cobraba 180 dólares al día. Y esa suma, en 1966, la hacía una de las modelos mejor pagadas de la historia. Llegó a ser un verdadero icono y cuando viajó por primera vez a Estados Unidos se la recibió como si de una estrella del pop se tratase. Ella se convirtió en una celebridad y la minifalda en un icono que no ha vuelto a desaparecer de nuestros armarios.
De izquierda a derecha, minifalda en el desfile de Tom Ford para Gucci en el 2003; una de las creaciones de Karl Lagerfeld para Chanel; Helena Christensen desfilando para Versace en 1993; y una minifalda bicolor de Alaïa de su colección de 1991.

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