LÁNGUIDAS, ETEREAS Y ASQUEROSAMENTE SEXIES… un post sobre la envidia

Llevaba un vestido rojo con tirantes muy finitos y escote en v, y con ese largo extraño que no es ni largo ni corto. Me recordaba a uno negro que tuve hace años, el que llevé a la boda de mi amiga Pe… pero a mi, claro, no me quedaba así.


El pelo lo llevaba semirecogido, largo y algo fosco. Y en los pies calzaba algo parecido a botas de marinero, feas y toscas… y estaba divina.
Leonor Walting puso la voz al concierto de Marlango el pasado viernes en Coruña, y puso mi cabeza a funcionar.
La primavera ha llegado y el tiempo obliga: tirantes, jeans, vestiditos, sandalias… ese aire fresco en lo estético que me encanta y que nunca he sabido adaptar correctamente a mis estilismos. Yo no soy carne de verano, tal vez porque me sobran carnes, pero como soy como las plantas, necesito hacer la fotosíntesis frente al son primaveral, y aquí me tenéis, escribiendo al sol en mi portátil y escuchando el último disco de Pereza.

A mi las mujeres como la Walting me producen una mezcla de desasosiego y envidia cochina que no sé identificar correctamente. Curiosamente, las féminas que despiertan en mi esta inseguridad primigenia y casi escolar suelen pertenecer al ámbito musical. A lo peor es porque yo siempre he sido una cantante frustrada, por mi pánico escécino y mi voz poco propensa al rock, mi género favorito. Yo tengo más voz de cantante melódica, algo que aborrezco y que la directora del coro del colegio me obligaba a explotar hasta la extenuación “somewhere, over the rainbown…”
En fin, a lo que iba. Con la Walting me pasa como con Lourdes, la cantante de Russian Red, o como con Cristina Rosenvinge. Son tan perfectas en su imperfección que me apabullan.
Hace unos meses, mientras preparábamos los disfraces para una fiesta de carnaval de temática ochentena tomando unas copas en un bar, alguien dijo que a mi me pegaba disfrazarme de la Rosenvinge. Deduzco que lo hizo movido por el amor incondicional y la miopía galopante, o porque me gustaba mucho aquello de “Cristina y los subterráneos”, pero ahí estaba S. dispuesto a sacarme de mi ensoñación. Se rió, se descojonó, diría más bien, ante la ocurrencia del otro bando, y dijo entre carcajadas “sí, por lo lánguida y etérea que es, no te jode”.


Qué crueles son los amigos, joder. S., cuando leas esto –que sé que lo lees-… tengo que darte la razón y lo sabes.
Es una de esas frustraciones infantiles que jamás podré explicar y que han llegado a mi vida adulta instaladas en ese feudo de mi psique que me empeño en no sacar a pasear. Yo siempre he querido ser esa mujer etérea y lánguida, con cara de tener un pasado atormentado, y con esa fuerza en la mirada que te obliga a bajar la vista si las miras directamente a los ojos, no vaya a ser que te transformen en estatua de sal. Callada y misteriosa, habla poco pero sentencia, y pese a que parece frágil y delicada, si la miras con detenimiento tienes la extraña sensación de que ese ser casi élfico podría noquearte con un solo gancho de derechas. O sea, todo lo que yo no soy. Empezando por callada.
Me encandilan y a la vez me torturan esas mujeres con aspecto casi onírico, delgadas pero con formas, capaces de plantarse un vestidito de flores con unas Martins y salir a la calle a comerse al mundo, y de paso a un par de tíos buenos que babearán a su paso. Normal, babeo hasta yo, que soy mujer y hetero, no van a babear ellos.
No suelen ser la más despampanante, ni la más guapa, tampoco la más sexy ni la más divertida, pero son el centro de atención con su sola presencia, y van tan sobradas de carisma que ni se esfuerzan en demostrarlo. Aquí estoy yo y si no te vale, tú mismo. Cómo envidio ese “je ne se quoi” que las adorna.
Hubo una etapa en mi vida –hace tanto que parecen siglos- en que ese imán femenino me atrapaba de tal forma que me empeñé en ser lo que no soy. Ahora ya sólo me limito a adorarlas y envidiarlas, imitarlas, he descubierto, queda lejos de mi alcance.
Yo soy directa y me río en voz alta. Hablo deprisa y mucho… bueno, vale, demasiado. No tengo secretos ni podría tenerlos, porque como todo lo largo… me sobran cinco quilos y cinco quintales de ropa en el armario, y jamás me pondría botas de trekking con un vestido de noche… claro que tampoco me podría un vestido de noche como ese, porque parecería un espantapájaros sobrehormonado. Mi profundidad emocional puede ser enorme, pero generalmente es la de un charco: soy más simple que un anillo, que decía Neruda. Me gusta mucho comer, y la cerveza helada y cuando me emborracho me río todavía más alto.  Bailo delante de los espejos y canto en voz alta en el coche, y si se ha roto algo en casa, no hay duda: he sido yo. No puedo entrar en un sitio y llamar la atención por mi charm, pero es probable que la llame tropezando estrepitosamente con la silla de la entrada. Y digo tacos. Muchos. Y muy alto.
Más o menos así me veo yo. Bueno, y casi todo el mundo que me conoce.
Como comprenderéis, soy la antítesis del estilo afrancesado y casi intocable que desprenden esas mujeres de las que hablo. Mis musas,  mis ensoñaciones, que se mueven sin pisar el suelo, comen bocadillos orgánicos y viven en buhardillas el centro de grandes ciudades rodeadas de ese caos en orden que es el ser bohemio. Qué asco de envidia me está entrando poco a poco.
Yo, queridos míos, nací para ser una Verbeke, pese a desear con todas mis fuerzas ser una Walting. He ahí una realidad con la que debo aprender  vivir. Pero pese a todo he de reconocer que con los años he aprendido a tolerarme y hasta a gustarme en según qué momentos. Claro que igual a mi terapia de autoestima no le va bien que me plante en un teatro a ver a la Walting y sus compiches dar un buen concierto cuando llevo puestos unos vaqueros que empiezan a apretarme y una camiseta amplia. Al menos mis zapatos eran divinos, y no esas botas horrorosas. El que no se consuela…


SUENA EN MI I-POD: Tigers, un tema del primer disco de Marlango que me encantaba, me encanta y me encantará, y que cerró su concierto de Coruña.


Information About Article