Lujo, Sobriedad, Sexo

Hay veces en las que uno no sabe qué decir.

La situación de Lacroix recuerda terriblemente, como su colección, a aquella serie de princesas, condesas y duquesas rusas tras la toma del palacio de invierno en el 17 y el cambio de valores. De nobiliario azul a leninista rojo.

Deliciosamente bellas, magníficamente elegantes, divinamente exquisitas, genialmente interesantes, fascinantemente delicadas, delirantemente educadas y decadentes. Sobre todo decadentes.

Todas sus virtudes no detuvieron su declive. Lo acrecentaron. Eran muñecas de porcelana en medio de un terremoto. Piezas de cristal en medio de la tormenta de arena. Carne entre el cuchillo.

Y ni su exilio frenó la decadencia. Las afortunadas casaderas contrajeron matrimonio con burgueses que las colgaban de su brazo como curiosos jarrones. Aquellas damas, éstas mujeres…

Y su grandeza quedó eclipsada. Y ni todas las Rusias pudieron hacer nada para aquellas damas que vivían en una bola de cristal que un día hizo crack.

Demostrando que la sangre azul es un mito. La sangre es roja para todos los mortales sin importar cuál es su cuna.

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