Marc Jano
Jano era el dios romano de las dos caras y, el ser camaleónico, es un adjetivo frecuentemente usado para describir a Marc Jacobs. No es que sea decir mucho de un diseñador al que se le presupone que su mejor colección fue la que hizo su equipo cuando él se estaba desintoxicando pero lo que se puede decir de Marc Jacobs es que es un buen estilista.

Personalmente, opino que le falta impronta y carácter para ser un buen diseñador pero suele hacer estupendos ejercicios de combinación de prendas y de estilos sacados del tiempo. Un día cita a Eddie Segdwick y, al siguiente, prefiere a Anna Karenina. Después de la Belle Epoque escoge unos marchosos años 20s que saben más a Cantando bajo la lluvia que a lecciones de historia de la moda, antes prefirió a Portero de noche y luego a las secretarias de Mad Men. Otras veces, en cambio, prefiere el drama. A veces incluso escoge pesadillas galácticas. Y, casi temporada tras temporada, y especialmente este verano de 2012 con sus chicas sacadas de un tiovivo con nubes de algodón en las manos y falditas de plumas, vestiditos calados y mucha ñoñería ha conseguido triunfar.
Sin embargo, para el verano de 2013, sin duda, Marc Jacobs se ha hecho Jano. Su resort fue divertido, interesante, atractivo, lleno de colores y de vitalidad. Se inspiraba en los gitanos y en su serie de estampados buceaba tanto en
Lacroix como en el
pop art de
Warhol -inspiración recurrente para el post grunge Marc Jacobs-. También había aires de
Biba, Londres
años 70s y de
Giorgio Saint Angelo. Todo era divertido, pronto a caducar y muy luminoso y optimista. Te podía gustar o no, pero daban ganas de comprarlo porque sí, como esas piruletas inmensas de las tiendas de caramelos antiguas o como los globos de helio para niños con forma de
Bob Esponja -Marc es muy fan- y de
La Sirenita o
Nemo. Y eso auguraba un buen pret a porter para el verano de 2013, que fue, en comparación, algo decepcionante aunque chic.
De hecho, la colección era, incluso, interesante en los volúmenes y las proporciones. Enormes faldas pantalón caían después de vestidos que acababan en la rodilla, la línea recta predominaba y le daba un aire a la vez romántico y nostálgico pero muy actual -como si Carolyn Besette Kennedy se hubiera hecho gitana y pop- y los escotes cubiertos de lentejuelas bien usadas combinaban con faldas acampanadas y camisetas de geek que, juntas, resultaban fascinantes, como las ilusiones ópticas.
Los accesorios eran delirantes: zapatones casi ortopédicos que sacaban una sonrisa y un ¡oh! de asombro. El patchwork, técnica de costura tan utilizada por los denominados gypsies en Inglaterra, era usado en su justa medida y, lo mejor, había -bajo el atrezzo– prendas tan naturales, tan deseables, tan sencillas y ponibles que a uno, automáticamente, le atraía la colección. Pantaloncitos con un trench corto con algo de volumen -un peplum pero bien hecho-, vestidos que parecían camisetitas estiradas para ser más largas y que eran muy muy chics y vestidos de noche estampados con flores de colores brillantes y un acabado reflectante que harían las delicias de la moda de noche de los años 30s pero con un punto 2.0.
Incluso Marc Jacobs volvía a su lenguaje de temporadas pasadas: seda estampada de su colección
flapper y escotes en la espalda -que estuvieron de moda tras la I Guerra Mundial- y volúmenes de su colección ferroviaria pero bien desarrollados y con entidad hasta el punto de que las lánguidas gitanas del principio se convertían en fértiles meninas del final. Ni siquiera se podía disimular un toque
grunge y de
feísmo noventero de Prada, incluso en los cortes y en la presentación sobre fondo monocromo que hacía resaltar más y mejor los acabados. En definitiva, estupendo.
Bien, tras todo este ir y venir de ideas e inspiraciones afortunadas, de cosas “guays” y deseables, de colores que te hacían aborrecer todo lo de invierno y esperar a que saliese un rayo de sol para ir a la hierba a disfrutar del amor, de la benevolencia de los dioses y de las tarjetas de crédito y las cestas de pic nic, la Semana de la Moda de Nueva York presenta un Marc Jacobs que se aparta sideral y radicalmente de su propuesta para el resort -algo que suele pasar, sin duda- pero que, a mí -y soy de los pocos, lo sé- me convence. No me fascina pero me gusta.
La cita con la que Marc Jacobs habla de su colección de pret a porter para el verano de 2013 es con una apología del sexy distinto, la inefable bibliotecaria de
Prada, sí. “
Young girls need to learn that sexiness isn’t about being naked,” dijo nada más presentar su colección. Había rayas, muchas rayas. Luego, en París, hemos visto a
Van Noten con cuadros, así que lo geométrico y el pop estarán, evidentemente, a la cabeza de las tendencias para el verano de 2013 por lo que, la colección, se verá en muchas revistas. Las rayas tienen su punto de fascinación, especialmente el vivo color rojizo y los suaves tonos crema que se ondulan sobre un fondo blanco y, la mayoría de las prendas, eran favorecedoras -algo raro, como todos sabemos-.
Las faldas con el ombligo al aire -que nunca deben salir de las pasarelas- eran realmente chics aunque los puntos flojos de la colección eran las inspiraciones demasiado obvias. Cortes que ya se vieron en la Alta Costura de primavera verano de 2007 de Chanel diseñada por Karl Lagerfeld donde los vestidos de noche se desintegraban hasta deshilvanarse en el bajo y las chicas de Prada que eran secretarias con revolcones en papel de oro y de plata e incluso algo del antepenúltimo Raf Simons, el penúltimo verano de Jil Sander por Simons.

También hay un montón de inspiración en los 60s. No son ya los de las secretarias de pechos cónicos que también sacó Prada cuando Marc Jacobs presentó su colección sixties en Vuitton sino unas chicas mucho más divertidas, mucho más liberadas y mucho más locas. Las otras podían ser unas depresivas, unas psicóticas bipolares asustadas de la llegada de la menopausia sin niños ni marido pero éstas, éstas amigos están simple y llanamente locas. No son hippies, eso es otra cosa. Una primavera fugaz que se desvaneció al fin del resort de 2013. Sin embargo, han cogido lo que les ha interesado de los 60s y preconizan lo mejor de los 80s: monos para Studio 54 y estampados psicodélicos que harían enfrebrecer a Warhol. Y, sin duda alguna, los monos son lo mejor de la colección.

Hasta que aparecen los monos psicodélicos han desfilado por la pasarela prendas olvidables, muy olvidables. Bonitas, sí. En algunos casos. Y prescindibles: jerseys con Mickeys bordados -Marc Jacobs siempre decepciona diseñando mujeres fuertes-, camisetitas estiradas hasta ser vestidos y bermudas sin ton ni son que se alternan con gorgeras con volantitos que reptan por el cuello. Los accesorios tampoco son nada del otro mundo, zapatitos de niña buena con taconcito original, bolsitos de mano rígidos para guardar el móvil, un par de billetes, las llaves y las ilusiones de la cita y nada más. Pero, cuando hay monos ochenteros, todo cambia.

En general, la noche de Marc Jacobs es bastante prescindible cuando no muy mediocre. Parece mentira pero hacer buenas prendas de noche, elegantes, con cuerpo, con carácter y con estilo es muy difícil. No se trata de poner una falda acampanada y un río de lentejuelas y, además, es más difícil innovar en esas siluetas pues se esperan unos códigos muy concretos para esas prendas. El pantalón está, además, injustamente tratado en el mundo de la noche.

Sólo en momentos concretos de la historia de la moda reciente se ha podido llevar con libertad por las mujeres y, aún más, para la noche. En la Belle Époque, Poiret diseñó pantalones harén para las mujeres que causaron escándalos por doquier. Una guerra más tarde y dos décadas de por medio, en los años 30s estaban reservados para las mujeres de bandera que iban acorde al fascismo y a los tiempos: así Chanel diseñó pantalones de satén blanco inspirados en el vestuario de los obreros y Elsa Schiaparelli los bordó en oro y con botones y se vio más o menos bien. Tras la II Guerra Mundial fueron borrados del mundo de la noche al regresar la hiperfemineidad con Dior. Sólo tras el cambio de valores hippies y la llegada de los 80s y de una nueva sociedad de la Guerra Fría el pantalón de lamé, los monos con grandes escotes y todos los excesos que se pudieran reunir se vio bien y se deseó. Sin embargo, en los 90s volvió a morir y, a día de hoy, parece que su principal valedor es Raf Simons que en su primera colección para Dior para verano de 2012 ha dado todo el protagonismo a esa prenda.

No se puede decir que la colección de Pret a porter de verano de 2013 sea maravillosa, no lo es. Es una colección con prendas interesantes, muy ponibles y muy actual pero no tiene encanto, a diferencia del resort de 2013. Reafirmada la tendencia de los dibujos geométricos sacados del op art y del pop de Warhol así como la vigencia de los 80s reafirmada por la exposición del MET sobre el punk para el 2013 y del grunge y el rock and roll en Vogue París y en las diferentes colecciones que se han visto en la pasarela
(Dries Van Noten, por ejemplo), el PAP de Marc Jacobs tiene un lugar asegurado en los editoriales de moda de todas las revistas de tendencias pero, el encanto, la gracia y el deseo, en realidad, están un poco antes: en la dulce primavera gitana del resort del verano 2013.
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