Mariposas En El Estómago

La colección de McQ me recuerda a los museos antiguos y a las tiendas de antigüedades. Todo acumulado sin saber si es chatarra o valioso. Muebles, aparatos extraños que podrían ser gramófonos o sacacorchos, figuras y espejos sacados de mansiones decadentes, ruinas y curiosidades estéticas que, si bien carentes de valor, tienen algo de mágico por eso de ser ajeno, haber pertenecido a otro y haber experimentado vidas antes de la segunda -o sucesivas- oportunidades. Cachivaches. Sí, cachivaches.

El anticuario y los museos se me antojan iguales. Tienen trastos de trastero de hace mil años que ahora son caros-interesantes porque han sido vapuleados por el tiempo. Algo así como la lucha de Zeus y Chronos pero a otra escala. La mayor parte del tiempo están desiertos. Como mucho, estudiantes, aficionados y turistas son los que pasean por sus salones disecados.

Dicen que los museos son algo así como cementerios de obras de arte o artículos varios. Que mueren entre sus paredes. Algo así como les pasa a los clásicos cuando reciben el título de clásicos. Ya lo sabemos todo y, como mucho, los citamos. Cicerón decía, para hablar de los tiempos que corrían que, “!los hijos no obedecen a sus padres y todo el mundo escribe libros!”.

Los clásicos son clásicos y, son clásicos porque siguen siendo actuales. ¡Los hijos no obedecen a sus padres y todo el mundo escribe blogs!. Pero, también están enterrados. Son clásicos y…. claro, son clásicos. Y los clásicos están -además de para otras cosas- para acumular polvo en la estantería, para ser regalados con los periódicos, para meter citas de ellos y parafrasearlos y hacerse el culto siendo un ignorante. (Antes de que me lo diga alguien, me lo digo yo.)

La colección me recuerda a esa Piedad de Miguel Ángel en el Vaticano marginada, perdida y lejana tras ese cristal. A la Gioconda que está marginada tras una capa protectora, tras un velo que nunca se descorre y una cortina que nunca se rasga del mundo que se hizo para contenerla. La colección me recuerda a todo ese arte olvidado y carcomido por el tiempo que es bello por sus grietas y, sus grietas lo hacen bello.

También me recuerda a la entomología y a las mariposas. Atravesado el corazón por un alfiler, perecen para siempre entre las páginas de coleccionistas de cadáveres. La lengua de las mariposas, su lenguaje, queda para los oídos del tiempo porque ya no vuelve a sonar el brío de sus alas rozando el viento. La mariposa, siempre fue un signo de inmortalidad. De renacimiento y resurrección.

Las mariposas son también símbolo de inconstancia, ligereza y lo efímero de la alegría y la belleza. Me recuerdan a, además del arte encerrado en los museos ¿o expuesto?, la moda en general y a esta colección de Alexander McQ en particular. Además, los insectos con sus pares de alas, su esqueleto rígido y esa relación superpoblacional y la cotidianeidad y cortedad de su vida y sus actos me recuerdan a la moda actual.

Un ejército de miembros rígidos como las alas y el esqueleto de la mayoría de insectos. Una vida corta sin saber cual es el destino final de su existencia. Y una muerte pronta con posibilidad de pasar a la historia o de esperar una fama que acabe prensada entre las páginas de un libro o un álbum de recuerdo con nuestros nombres escritos al margen o detrás de las fotos convirtiéndonos en recuerdos o en pasados de antepasados.

La mariposa, además, encarna las potencialidades del ser y las metamorfosis. Se ha identificado con el alma. Se ha asociado con el hálito vital, con el símbolo de la muerte, con la exhalación última del hombre. Y con la evolución espiritual del ser y el cambio del planeta y su degradación o conservación. Aparecen en todas las culturas como alma y amor atormentado, como espíritu de difuntos, como liviandad y como símbolo de ultratumba y de la muerte venidera o los antepasados protectores.

A mí, además, se me asocian con ancianos con gafas redondas de carey que examinan de nueve a diez, después de leer el periódico y ver el telediario. Han leído su antigua edición de Huckleberry Finn con la cubierta en color cereza y letras doradas y han puesto la cafetera y estarían pendientes de su silbido sino fuesen absorbidos por el mundo de las curiosidades.

Mariposas. Catalejos. Viejos mapas. Cartas de navegación. Plumas que no funcionan. Abanicos pintados a mano. Porcelanas antiguas. Muñecas con rizos pertenecientes a niñas que decían recórcholis. Encaje y mantelerías bordadas. Camisas de dormir. Puros. Prismáticos que no funcionan. Monóculos. Relojes de bolsillo. Telescopios. Cartas de amantes que no sabe de quien lo fueron. Grabados y planchas. Aguafuertes. Lupas.

Me parece que es algo así como un cajón desastre. También me hace preguntarme qué ocurre con las perteneciencias sin valor -o con él pero sin que se lo atribuyan- cuando el interesado muere. ¿Ocurre algo parecido a los cuadros del principio y los clásicos? Probablemente. Son despreciados u olvidados.

Empiezan a formar parte del anecdotario familiar, se convierten en pasados bochornosos o en caras de sorpresa. La gente almacena cosas que los demás no saben. Tiene personalidades que los otros deconocen. La mayoría de las personas viven vidas que sus seres más queridos no saben. Ni siquiera sospechan.

Empiezan a olvidarse para luego volver a tomar parte del futuro.

Probablemente, por eso, esta colección tan futurista es extrañamente melancólica.
Por los recuerdos del pasado y del futuro que nos producen esas mariposas en el estómago.

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