Masculinidad

Antes del aburguesamiento de la nobleza, los hombres se paseaban ejerciendo de pavos reales exactamente igual que las mujeres: terciopelos en verde lima, paño rojo rubí, seda rosa fresa, ante azul pavo real, encajes de oro y plata, cuero en tonos cobrizos, o zapatos verde esmeralda con pañuelos amatista y una riada de joyas, puntillas, hebillas, condecoraciones, pelucas y maquillaje.
Cuando los negocios se hicieron con el plantel de la nobleza, los hombres debían parecer serios y se pasaron a las siluetas de dandi, negras, rectas, limpias, elegantes, sobrias y austeras que dejaban en sus interlocutores la señal de su impecabilidad en su vida privada que ahora era más pública que nunca, ¿no?. Las casacas bordadas se convirtieron en abrigos de paño negro, los chalecos con aplicaciones de oro pasaron a ser sobrios trajes tres piezas de color ceniza, las camisas con chorreras, golas y puntillas se convirtieron en camisas blancas de popelín impecable con botones de nácar capaces de romper una aguja y, bueno, todo lo demás se volvió realmente negro.
La masculinidad parecía más masculina que nunca.
Luego, llegó poco a poco el pantalón vaquero, el free-friday, el Sunday time with family y las grandes cadenas que sustituyeron a los sastres, así como la madre o esposa que sustituyó a la confianza de Saville Row. Seguimos ahí, ¿no?. Lagerfeld apoyó a Slimane en su discreto -o no tanto- affaire con los chicos adolescentes, la silueta lápiz, los trajes estrechos y los cortes a láser. Pero… eso no supone nada. Para qué engañarnos, nos sigue gustando el viejo clásico de hombre-hombre ¿no?. Porque a mí también me gusta la mujer-mujer (nada de tísicas adolescentes).

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