Prisma

Cuenta Karl Lagerfeld que era francamente díficil encontrar a alguien que le hiciera a uno el look book de la colección y que por eso él dio los primeros pasos en el mundo de la fotografía de modas que más allá de la que rozaba el arte era, prácticamente, inexistente.
Pero no es Lagerfeld el gran renovador. Sino Poiret.
Poiret, después de que Worth crease las sosias-modelos para enseñar sus colecciones, las quiso hacer llegar a un público más amplio y decidió fotografiarlas. Claro. La idea era una gran idea pero tenía el inconveniente de la calidad de las imágenes de la época y de que si Poiret era un enamorado de Oriente, lo era, sobre todo por el color.
Porque aunque Diaghilev veía palomitas blancas en Chanel y Misia Sert, Poiret lo que veía eran tonos grises y terrosos donde debían estar los deslumbrantes rosas, los inconmesurables verdes limas que él usaba convirtiendo a las mujeres en florecillas salvajes en vez de un mustias flores de un color borroso.
Así que contrató a ilustradores -Lepape e Iribe- para que brillasen sus colores. Y Vogue lo aplaudió.
Aunque, la verdad, es que Worth ya fotografiaba sus vestidos con elegantes trucos ópticos y que sería la foto la que de verdad calase en la moda hasta hoy. Porque el dibujo se quedó en sustitutivo de la pobre calidad que tenían las fotos en vez de la gran calidad que debían tener.
Y, por cierto, fue a Worth al que se le ocurrió poner un espejo para hacer trucos ópticos y enseñar el vestido por todas las caras.

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