Roberto Verino, Deuda De Sangre

A muchos diseñadores les fascina España.

Ese rojo sangre que no es terciopelo ni carmesí, que es más bien lágrimas de fuego sedientas de pasión, tormento, venganza y celo.

Ese luto casi lorquiano que sabe a noches sin luna, a ojos de negro azabache, a pena, a delito, a tragedia griega pero con sangre y pasión taurina, con estandarte, copla y rocío.

Esa pasión desmesurada, salvaje, desgarradora. Fiera, gazela, puma y tigresa. Valiente y vanidosa. Atemorizada y honrosa. Damisela y virgen y vengadora y guerrillera.

Ese oro que es envuelto en los pañuelos del viento y que toma en la memoria colores de verde y grana de la España de la Edad De Oro y la crisis de Plata.

Esa estocada final que dice, trágica, que será la última y luego ya veremos de qué preocuparnos mientras lloramos a los muertos.

Ese caminar lento, como si fuera un duelo eterno por el honor entre condes de sangre azul. Densa que alimenta gargantas y es devorada por la hoja de plata del lisonjero filo de la espada adversaria.

Y esa fiesta que uno no sabe si convierte a la muerte en blanca…

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