Sol Y Algarabía

Terry Richardson. Una playa. Una animadora que es Doutzen Kroes, rubia, sonriente con pinta de tontita pero guapa. Muy guapa, eso sí. Que, al fin y al cabo, es lo que cuenta no seamos falsos.

No me gusta sumergirme en el universo de la cabeza de Richardson. Es demasiado facilón. Aunque a veces funciona y todo. Terry suele hacerlo todo fácil. Una modelo es una tía buena. A nadie le importa si lee a Kafka o a Gogol y mucho menos si toca o canta la guitarra o si dilucida sobre Sartre y Camus. Lo que cuenta es despelotarla. Y, si eso, echar un polvo.


Es el mundo de Richardson. Bastante criticado, claro. Las modelos son eso, carne.
Richardson es el carnicero un poco sádico, un poco tierno rodeado de piezas que escoger.
Y nosotros somos los clientes.


Y, para qué mentir.

Está bien desintoxicarse con arena, mucho sol, una rubia guapa que no abre mucho la boca ni da mucho la tabarra, que piensa en broncearse y su complicación vital salta entre el vestido azul y las calorías de los helados y, ah sí, las marcas del sol.

Porque sí. Porque las vacaciones son pagadas por los rancios burgueses y apetece, y mucho, como quien dice, desfogarse y mira, si una chica te espera con el pelo de rayos de sol…

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