Vestuario de película: The Great Gatsby

El Gran Gatsby, el retrato de una época en la que llevar sombrero era algo imprescindible antes de las seis de la tarde. Los felices años 20 quedaron inmortalizados en la obra de F. Scott Fitzgerald y más tarde, en la adaptación -de fotografía empalagosa y dulzona- de Jack Clayton. Con Robert Redford y Mia Farrow. No podía ser de otra forma.

Una historia que transcurre en suntuosas mansiones de Long Island entre, partidas de polo, largas sesiones de té y multitudinarias fiestas en las que corre el champán sin preocupación (ya llegará la ley seca, ya). Un mundo de brillo efímero, abocado al fracaso, pero brillante al fin y al cabo. Rodeado de etéreos vestidos, lánguidas miradas, sedas, gasas, muselinas, collares de perlas y charlestón. Mucho charlestón.
El retrato rosado de una época en la que las niñas ricas no se casan con chicos pobres; en resumen, una crónica de sueños condenados a la frustración.
Y a mí me encanta (no lo de los sueños frustrados, claro; todo lo demás).


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